AQUELLAS FLORES DE MARZO by Genoveva Rodea

Imagen tomada de Pinterest

ORQUIDEA  se debatía entre dos tonos, pensando en las cortinas del dormitorio. Al salir del trabajo acudiría a escogerlas con su recién estrenado marido.

Jazmín contaba con los dedos. Una veintena de semanas y abrazaría de nuevo a su familia. Había abandonado su tierra para forjarse un futuro y, aunque mal vivía con un puñado de euros después de enviar sustento a su país, se alimentaba de la esperanza de un cambio. Aún era joven. Tenía todo por conseguir.

Lirio cabeceaba meditabundo. El examen de cálculo de estructuras le coincidía con la prueba de natación. Tenía cita con el profesor a media mañana. ¿Qué pasaría si se negaba a cambiarle la fecha? La asignatura era importante. Pero aquella prueba, ahora, cuando había alcanzado su mejor nivel físico, ¿cómo perderla?

Narciso ojeaba unos billetes de avión. Una jornada laboral y comenzaría a preparar maletas. 20 años ya desde que Rosa y él se tomaran de la mano para caminar juntos por el futuro. Habían luchado duro. Era el momento de mirarse de nuevo a los ojos y vivir por fin una luna de miel. Esa noche, en la cena, le daría la sorpresa.

Gladiolo acariciaba sonriente la bolsa de plástico que mantenía sobre las piernas. Imaginaba la carita de su hijo cuando le entregara esa pelota con las firmas de su equipo favorito. La mañana amenazaba con hacérsele eterna. Estaba deseando salir de la oficina para comer con él y entregárselo. Después, lo dejaría de nuevo en casa de su madre. Sacudió la cabeza. No quería pensar en eso ahora. El fin de semana, volverían a estar juntos de nuevo. 

Madreselva no sonreía, ni pensaba, ni soñaba. Se encontraba demasiado cansada. Apenas le alcanzaban las fuerzas para mantener abiertos unos ojos enrojecidos por la falta de sueño. Las casas durante el día. El bar por la noche. Se encogió de hombros. Para primavera, según una pitonisa de “a la voluntad” su suerte laboral cambiaba. Una empresa la iba a contratar a jornada completa y con seguro.

Margarita, apretaba su bolso contra ella. Acababa de jugar tres columnas al Euromillón del viernes. ¡Ojalá!, le gritaba su anhelo. No era fácil criar a un hijo sin padre. Pero solo de ver extenderle los brazos al llegar a casa le demostraba lo afortunada que era. Su niño le había asegurado aquella misma mañana que un día sería “medico de poner guapa”, para que ella no dejara de ser joven. ¡Qué ocurrencia!, rió orgullosa.

Amapola leía una y otra vez el mensaje que su chico le había enviado. Si, ahora era su chico. La noche anterior, ese hombre conocido por casualidad en una perfumería un mes atrás, por fin, la había besado. Lejos quedaban los sinsabores de su divorcio. Hubiera sobornado al Dios del tiempo para que las horas pasaran veloces.

Clavel esa mañana se resentía de la artrosis. Pero su nieto le había pedido el favor de conseguirle un libro de texto agotado en muchas librerías. Aunque todas sus células pedían a gritos descanso, madrugó y estaba dispuesto a cruzarse toda la ciudad hasta conseguirlo. Cuando el sábado se lo entregara, su cariño borraría cualquier esfuerzo. Se había jubilado de la empresa, no de la familia.

Pensamiento olvidó su enfado hacia la repentina avería de su coche nuevo, intentando imaginar la historia de ese ramillete de pequeños jazmines que reía a unos centímetros de él. Aquellas briznas enlazadas por el buen humor, le cargaban de vitalidad.

Hortensia bostezaba mientras acariciaba la abultada redondez de su vientre. Se había levantado una hora antes para compensar el permiso pedido al final de la tarde. No le gustaba pedir favores en el trabajo, pero sus suegros querían que fuera ella quien escogiera la cuna. 

Todo un mundo de mundos exhalaba aroma de vida por el transcurrir de aquella mañana. Allí estaban, juntos, más o menos tristes, más o menos ilusionados, más o menos soñadores, o cansados, cuando, de repente, una tormenta volteó sus pétalos. Una nube negra cubrió el jardín. Y aquellas flores, y muchas otras, volaron hacia lugares inciertos. Sin esperarlo, se alejaron violentamente de esos anhelos, preocupaciones y proyectos, inmediatos, futuros, vitales. Sin decidirlo, dejaron huecos desiertos de sus colores, su risa, su voz, su abrazo. Sin poder evitarlo, vieron cómo quedaban otras, presentes; pero maltrechas y marcadas por siempre.  

Alguien lo había dispuesto así, sin derecho, sin conciencia, aquel 11 de marzo de 2004 en que el mundo se vistió de luto. Y el cielo de Madrid, de flores.

Por los que se fueron, y los que quedaron

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