EL GRITO By Genoveva Rodea

imagen tomada de Pinterest

–CUÍDATE– la voz de Mario se coló en su sueño.

–Tú también– respondió esbozando una sonrisa medio adormilada.

Un beso apresurado, la puerta crujió y quedó sola en su casa, en su cama, acurrucada a la almohada, recuperando la conciencia con las memorias de la noche. Le gustaba hacerlo. Vivirlo de nuevo, sólo una vez. Como homenaje a un capítulo por cerrar, reconstruir: cena, música, humor, conversación y sensualidad.

            Con los párpados aún perezosos a recibir el día, cortó las preguntas que la indiscreta Sonia formulaba tras el auricular.

 –Ya hablaremos –zanjó, antes de abandonar ese barullo de sábanas arrugadas por el baile de juegos y deseos protagonizado con él.

 Luego, con su aroma asido a los poros, preparó café. Lo sorbió con deleite. Sólo después de conceder poder al recuerdo por unos segundos más, un gel de jazmín borró toda huella. Mario era un espacio, un tiempo, algo más en su intensa vida, una fracción de ternura, esporádica y con fecha de caducidad en su presente.

Rodeada por una toalla de ducha que no impidió el goteo de las prisas por el pasillo, reconoció tras la mirilla a Doña Mercedes, su vecina. Probablemente, alegando la ciática, le pediría una vez más que le paseara a Pipo. Tenía el sueño pesado y estaba un poco sorda. Con un poco de suerte no los habría oído devorar la noche.

Aceptó el encargo y comenzó su día, también el resto de su vida.

Aquel domingo el teléfono sonó una y mil veces. Su madre, amigas, algún pretendiente a sus curvas, pero no Mario. Tampoco lo esperaba. Pasarían días antes de que alguno de los dos llamara. Las cosas entre ellos estaban claras y definidas. Él, no quería compromisos «he sufrido bastante por entregarme demasiado». Ella, no quería complicaciones «el romanticismo solo me regaló lágrimas». Un pacto perfecto: compañía, diversión, sensualidad, incluso apoyo. Y cada encuentro firmado como el último.

Hacía frío. Decidió no salir y poner algo de orden en sus trastos viejos. Entonces lo vio. Era un cuadernillo de citas célebres, él que Luís le había regalado dieciocho años atrás. Varias cartas y una rosa seca cayeron de su interior. “Por siempre” firmaba en la dedicatoria.

            En un instante, su mirada se vistió de tristeza. Nunca se había acostado con Luís durante aquella estancia estival. Él no conocía los secretos de su cuerpo. Sin embargo, habían compartido la ilusión por ese “por siempre” nacido en un tiempo que no sabía de pasados. Sintió un gran vacío. ¿Dónde estaba la rosa de Mario? ¿Por qué no la había secado también? ¿Por qué evitaban abrazarse tras el alba y desayunar juntos? ¿Por qué la calculada distancia entre sus llamadas y encuentros?

            ¿Por qué no lo deseaban? No. Sacudió la cabeza. Por miedo a sentir, tirar corazas y fracasar. Soltó la rosa y presionó sus oídos con fuerza. Le ensordecía el grito mudo que, desde todos los rincones de su ser, repetía: Cobardes

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