Archipiélago, 5: Isla Swift by Félix Molina

I have been assured by a very knowing American of my acquaintance in London, that a young healthy child well nursed is at a year old a most delicious, nourishing, and wholesome food, whether stewed, roasted, baked, or boiled; and I make no doubt that it will equally serve in a fricassee or a ragout.

JONATHAN SWIFT

En su isla, Jonathan Swift está solo. Toda su vida terrena lo pidió así y debieron de escucharle, pues nadie habita la superficie de montañas bulbosas, que parecen pensadas para dificultar cualquier paseo. El aspecto sería el de la concha de una tortuga, pero ni siquiera este animal habita en la isla, aunque su fantasma se aparece en cada palmo de terreno.

Nadie humano o viviente ocupa el mismo lugar que Swift, su apreciada isla, para su solaz. Él no rogó ni ascender en la particular escala del Parnaso ni estar rodeado de contertulios –escritores como él incluso– que alabasen su obra. Prefería, antes que nada, esta soledad de abultadas caminatas, que lo dibujaban sobre el perfil de la isla como un extraño ser con levita, peluca y chorreras que trepa y que desciende.

Corrijamos: existen unas criaturas vivientes, de escasos centímetros y formas que se insinúan antropomórficas pero faltas de desarrollo corporal y diríamos que también mental. Viven (es un decir) en una cueva, en uno de los extremos de la isla, donde Jonathan los recolecta, y hacia allá encamina todas las mañanas sus pasos el autor de Los viajes de Gulliver, con la mirada melancólica siempre puesta en un horizonte donde parece adivinar a su personaje como un gigante.

Aprovecha para recoger tomillo y otras hierbas aromáticas, que deposita en una faltriquera, mientras silba un pasacalle irlandés de su juventud. Camina muy lentamente, como ensimismado en uno o varios pensamientos que solo él conoce…

Y lo que más disfruta es el camino de vuelta, con el olor a especias disuelto en el aire como una gasa que lo va atrapando. Llegar, al final de la ruta, al montículo desde donde se divisa el valle umbroso y quejumbroso de la isla donde vive y donde come y contemplar a los niños –y a las niñas– dando vueltas, en el gozoso momento en el que el asado alcanza la madurez y el brillo de su cocción.

Continuará en la próxima isla…

2 comentarios sobre “Archipiélago, 5: Isla Swift by Félix Molina

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