Archipiélago, 4: Isla Lorca By Félix Molina

Cuando Félix me propuso este tema semanal, pensé: _Oh Dios que maravilla! Pero al ver su estimable trabajo no puedo menos que aplaudirle. ¡Gracias Félix por dotar a nuestros lectores de calidad! –j re crivello

Aquella noche el mar no tuvo sueño.
Cansado de contar, siempre contar a tantas olas…

FEDERICO – DÁMASO – LUIS

Se abre el telón. Tres hombres, perfectamente trajeados, en una mesa amplia, entre madreselvas y rododendros. Ruido de noche, de mucha noche: grillos que intentan hacerse oír por encima de los que susurran casi. Olor a dama de noche que se materializa casi en una columna de mármol, por encima de ellos. Es el paraje de cualquier obra de Shakespeare en un bosque o un prado. Todo y nada sucede.

–Federico, nos dijeron que en la isla todo puede dejar de haber sido. Queremos borrar la madrugada de tu muerte. Queremos volver a tenerte en esta mesa con todas tus uñas y tu cabellera. Queremos que tu asesinato haya sido el sueño de una fiebre.

Dámaso le acerca la copa. Hay un líquido de color esmeralda, que liban. Cernuda le pone una manta sobre sus hombros vestidos con la tela blanca de una chaqueta de verano, y la esparce por su espalda como si fuera una capa.

–El tren no salió hacia Granada. Te recogí en un camión Chevrolet, como el de La Barraca, que se encargaba de custodiar a todos los poetas líricos que caminaban hacia la muerte. Tú llevabas solo un libro y unas alpargatas.

–Qué felicidad, Dámaso, cómo sigue…

–Nos emborrachamos, mi apartamento dejó crecer todas sus algas y por la mañana, que fue veinte años después, yo te seguía llevando a la Universidad, debajo de mi gabán, a la vista de todos. Eras el muerto más hermoso de Madrid, había tanta vida en tu muerte, Federico…

Federico se quita la manta-capa y ensaya un vuelo por encima de los dos. La isla se va llenando de nubes muy grises, que incluso cernidas en la noche se divisan, como si fueran fumarolas de un volcán. Sonido estruendoso de élitros.

–No, Federico, yo te llevo, como mi maleta más grande, a México. ¿Tú no conociste México, verdad? Allí nos ponemos un bañador pero acabamos disueltos en la arena de una playa. Somos la arena sobre los cuerpos, sobre las olas. Hay quien nos mezcla en hormigoneras para acabar entre los rascacielos del Distrito Federal, pero nosotros siempre acabamos en la playa, en la arena de la playa. Sobre los cuerpos. Lamidos por el agua.

Federico repara en que la mesa, casi la de un rey, se va transformando en un vagón. Es un coche-cama, muy elegante, con los viajeros  y sus sombreros dispuestos para la salida.

–Es muy hermoso, Luis, pero tengo que dejaros. El tren quiere salir. El tren siempre quiere salir.

– ¡No lo cojas, Federico, serás el muerto más elegante de Madrid! ¡Respirarás con las anémonas y las fábricas de porcelana, te sumirás por desagües de plata y alcuzas de escobina!

– ¡No lo cojas, Federico, viviremos entre las plumas del cormorán y acariciaremos cada día el cielo de una ciudad distinta! ¡Vamos a ser la luz de todos los caleidoscopios!

Federico sonríe y sube al tren, sin maleta. Luego el vagón va ascendiendo por las lomas de la isla, hasta que acaba fusionándose con las nubes grises y el volcán. Desde la isla vecina se deja oír un lamento: Nevermore. Nevermore. Telón lento.

Continuará en la próxima isla…

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