Archipiélago, 1: Isla Dante By Félix Molina

Comienza una nueva serie de Félix Molina, cada viernes nos visitará con una Tierra que no conocíamos. Refundará islas culturales donde habitan autores que forman parte de nuestras vidas y de las vidas de nuestras familias. La cultura no se somete a los dictados de los personajes enfermos y vampirizados de Tele 5, la cultura es conocimiento, diversión, sueños compartidos a través de generaciones.

Con Félix descubriremos esas islas atravesadas en los mares, rodeadas de trampas y detrás de dichos mares, los sargazos, cual alga infectada y mal oliente, dispuesta a sumirnos en sus aventuras.

Gracias Félix por interpretar a Masticadores y su espacio coral y libre. Y mira por donde… aparece Dante, uno de mis preferidos.

–j re crivello

Nel mezzo del cammin di nostra vita, mi ritrovai per una selva oscura,

ché la diritta via era smarrita

DANTE ALIGHIERI – MIGUEL DE CERVANTES – WILLIAM SHAKESPEARE

(Y LLEGANDO JAMES JOYCE)

–Maese Miguel, admiro a ese loco suyo; pero no menos a la criatura que le coloca al lado, ese hombre rudo pero sabio, Panza. ¿Panza no es barriga?

–Así es, amigo Dante, una forma al menos de la barriga… ¿Nos deleitará Su Sapiencia con una nueva fuente de higos?

Shakespeare, melancólico, apura los últimos frente al ancho ventanal. La vegetación humedece las vidrieras y un aire caliente los baña a los tres. William piensa en lo oportuno de un chapuzón, en la alberca al pie de la casona. Hay algo que oculta a Dante y a Cervantes.

–Maese Dante, nosotros no hemos hecho más que ponerle tierra, mucha tierra a su creación. En los personajes de Maese Miguel están el Infierno, el Purgatorio y el Paraíso…

–…por no decir lo que se esconde en el territorio de sus tragedias y sus comedias, amigo Shakespeare.

–Los tres lugares están desde luego en el hombre mismo. Y en la mujer. Estoy convencido.

–No se lo niego. ¿Pedirá entonces más higos, Maese Dante?

Se pasea por la despensa del salón que los acoge. Pero no queda siquiera una reserva. Alienta un sahumerio sobre la osamenta momificada del caparazón de un armadillo, en el centro mismo de la enorme habitación, toda de muebles de cañizo. Agobiado por la humedad calurosa, se sienta en un diván.

–Se los tengo encargados a ese macaco de Petrarca, que vaga de esta a esta otra isla engolosinando a las mujeres con sus ébanos y sus marfiles. No para en esta, y cuando lo hace es para dedicarse a su alpinismo. ¡Valiente tontorrón de altura!

–A mi juicio un tipo raro. Con ese refutarse de filósofo y luego toda esa alharaca de los labios, los dientes y los cabellos. ¿Usted qué piensa, Maese Miguel?

–A bueno ha ido Su Excelencia a preguntar en cuestión de poesía y de poética. Pero a mi Don Quijote bien que le entusiasmaba todo eso de las perlas y los zafiros. Algún que otro joyero de esos guardaba para su dama y sus socorridas.

Ríe desencajadamente, mientras Shakespeare ya no puede ocultar su perspectiva a los otros. Se levanta de la hamaca mullidísima y, mientras pela el último higo, reclama la atención de Alighieri y de Cervantes.

–Se avecina un forastero, la chalupa lo arrastra hasta aquí. Con esa capa que llaman gabardina y pesados lentes. El pelo lamido hacia detrás y un aire de no encontrarse. ¿Quién puede ser?

Continuará en la próxima Isla…

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