LEER, UN VER MÁS ALLÁ by Antonio Toribios

Imagen tomada de Pinterest

No hace mucho aún que se ha celebrado el Día del Libro, este año con la poca repercusión que permiten las circunstancias, y aún menos tiempo ha transcurrido desde el día dedicado a las madres. Valga este texto como sentido homenaje a ambas efemérides.

LEER, UN VER MÁS ALLÁ

Siendo muy niño, mi madre me leía. Me sentaba en su regazo, a la luz cenital de una bombilla solitaria, e iba pasando sobre el papel el dedo índice mientras de su boca emergían palabras ajenas que hablaban de otras gentes y de otros mundos; de gentes muy distintas a la panadera, el lechero y la vecina de abajo –la que golpeaba el techo con el palo de la escoba cuando yo hacía mucho ruido–, de mundos con vestidos de organdí, uniformes con entorchados y lámparas de cristal tornasolado. Yo asistía embobado y complacido a aquella especie de sesión de espiritismo, en la que mi madre se convertía en instrumento de unos seres -tan distintos de los vecinos del barrio, tanto en formas de conducta como en estilo de lenguaje- que vivían en aquel código extraño, cuyos signos oscuros destacaban sobre el papel. La magia se acrecentaba, hasta casi encogerme el corazón, cuando el índice de mi madre se internaba en la estepa blanca del margen inferior y, a pesar de todo, su boca seguía recitando, sin la apoyatura de aquellas hileras de signos negros, como hormigas en posturas forzadas, a los que yo ya había concedido la facultad de contener sonidos. Que el dedo continuara su vaivén, fuera de la pauta, y siguiera produciendo el mismo efecto, era para mí un hecho mágico comparable al entrelazarse de los aros en el aire, lanzados por el prestidigitador que venía al barrio por San Juan.

Yo entonces ya conocía la tradición oral propia de la infancia. Me habían contado el cuento de Pulgarcito, me había asomado al sombrío bosque con Caperucita Roja –o «encarnada» que todavía se decía a veces– y había llorado con las desventuras del Patito Feo, historia de desprecio e insolidaridad tales que provocaron en mí un trauma del que, a pesar del final feliz, creo que aún no me he recuperado del todo. Me habían leído un Cuento del rey Melchor, que recuerdo hasta en los más mínimos detalles, donde un señor de bigote y sombrero se arrepentía de su soberbia y hacía felices a los hijos de la portera. Todo muy Sautier Casaseca, el de los novelones de la radio, que escucharía años después a la hora de la siesta. Pero ahora, en esa edad incierta de niño iletrado, mi único transistor era mi madre y las historias que me leía eran capítulos sueltos de Fortunata y Jacinta, La dama de las camelias o El conde de Montecristo, publicados –quién te ha visto y quién te ve– por la revista Lecturas entre fotos de Liz Taylor y reportaje sobre las jornadas de pesca en el Azor.

Mi experiencia como escuchante de literatura decimonónica estaba trufado –era y sigo siendo un fruidor ecléctico– de viñetas de tebeos como Pumby, Jaimito y Pulgarcito. Y ocurrió precisamente en las páginas de una de esas publicaciones, el milagro de la lectura. Llevaba tiempo con el mecánico aprendizaje de las sílabas, con gran impaciencia y desasosiego por mi parte, sin resultados prácticos apreciables. Yo sufría, desde hacía tiempo, por no poder desentrañar los misterios que se me ofrecían constantemente en forma de mensajes cifrados. Iba por la calle y me  asaltaban los rótulos de los comercios, las etiquetas de las latas de conserva, los carteles de los cines… Todo un mundo por descubrir que me estaba vedado. Hasta el día de la revelación. Fue en una «novela ilustrada» del oeste, de aquellas apaisadas. La estaba mirando, viñeta por viñeta, y de pronto fui consciente de que estaba leyendo.

Hubo muchos comics después de ése, pero también Julio Verne, novela histórica, Charles Dickens y todo lo que caía en mis manos. Mi madrina, hija de maestra y muy amante de los libros, tuvo su protagonismo en cuanto suministradora de material impreso. Recuerdo una edición de Corazón de Amicis y una adaptación del Antiguo Testamento como lecturas que de alguna manera me marcaron. Y también aquellas ediciones escolares de los años 30 y 40, que yo leía con la veneración que emana de lo antiguo: Cabeza y corazón, Cien figuras españolas, Selección de prosistas castellanos. Libros amarillentos que olían a escuela de pueblo con estufa de leña, libros con vestigios de otras infancias en forma de rúbricas con el azul violeta y la caligrafía inglesa de las plumas de palillero.

Desde entonces ha habido muchas lecturas, siempre menos de las deseadas, porque el tiempo manda. No sé si eso me ha hecho mejor persona ni más sabio. Seguramente no. Ha habido en la historia analfabetos intachables e infames instruidos. ¿Es entonces leer beneficioso? No más que ver amanecer, conversar con un amigo, enamorarse o disfrutar con la sonrisa de un niño.

Este artículo fue publicado en la revista “Camparredonda” en 2012, bajo el epígrafe “Beneficios de la lectura”.

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