“La seducción tribal”

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By Manolo Madrid

Cuántas veces me quedé quieto, callado, contemplándolo fijamente, sin atreverme a entrar! Dentro, los mayores actuaban en su cotidiana tertulia.

Su charla incesante era como un pájaro que gorgoriteaba continuamente, sin detenerse. Aquel ronroneo, inquieto y revoloteante, se perdía entre las cretonas, los nudos de la alfombra y los visillos blancos. Parte llegaba hasta mí, bullendo a mi alrededor, rozándome con su ala para después, asustado por su audacia, retirarse con un sobresalto, dejando perdidas en mis orejas de esponja las livianas plumas de algunas palabras que, por revoltosas, habían resbalado de su frase.

Pero eran palabras sueltas, margaritas perdidas de un cercado prado ajeno. También, avecillas intrépidas que, más audaces que yo, se atrevían a traspasar el umbral, aquel cerco de barnizada madera en dos colores, el de la luz y el de la sombra, sin que yo acabase de entender sus inquietos significados.

Mientras tanto, yo, acurrucado con mis ojos de niño miope muy abiertos, casi tanto como mis orejas, protegía mi infantil curiosidad tras la ilegalidad del floreado brazo de una enorme butaca que, gentil, lo tendía para mí, aunque eran horas las de mi indiscreción agazapada.

Hacia la media tarde comenzaba el espectáculo. El olor del café recién hecho y de los cigarros puros se esparcía, indagador, colonizador, y acariciaba mi nariz que se dilataba aventando la presa de mi función favorita, que en forma de ritual ruido de cucharillas y entrechocar de platos y tazas de “china”, se esparcía como el

preludio de una larga obertura. Luego, seguían todas las notas de la conocida partitura, en crescendos y pianos, unas veces en un “molto vivace”, otras en un lento “pianissimo”. Y yo atisbaba feliz, escueto en mi resguardo, aunque me inquietaba en las ocasiones en que se formaba una densa pausa que gravitaba sobre las cabezas de los diversos actores, para repentinamente explosionar en un confuso fluir de corcheas y semifusas, que se mecía inquieto y vivaz bajo los colgantes de la hermosa araña de cristal, donde estallaban en alegre arco iris los rayos de poniente. Después, las notas blancas y las negras podían más, con su alargada gravedad, bamboleándose pesadas y monótonas, fluyendo sin cesar entre el espeso humo de los cigarros. Y todas ellas danzaban, formando parte del cuerpo de aquel teatro, que, yo, admiraba fiado del reloj de sol, que suave y cálido se desplazaba por la brillante tarima del salón, primero con extremada lentitud y más rápido después, como si tuviera prisa por besar mi desnuda rodilla. Pero cuando lo conseguía y su dorada caricia penetraba mi piel, yo me batía en retirada: despacio y sin hacer el menor ruido, abandonando el precario escondite.

No obstante, eran mis retinas maravilladas una y otra tarde las que se inundaban para siempre de la dorada imagen, tal vez necesaria para mi propia estima. El salón resplandecía entonces de humo y la oscuridad se iba adueñando de los malvas y de los ocres, alumbrados al azar por algún reflejo de la araña. En la sombra, los azulados rabitos de las estampadas flores de los sillones se difuminaban desmayados y, en aquel momento, alguien se levantaba a encender las luces desde aquel interruptor, tan inoportunamente situado sobre mi arriesgada trinchera, la que yo, en certera huida, ya había abandonado.

Y aún en mi imaginación turbada, el umbral, día a día, era un algo inalcanzable, una quimera intangible, era otro mundo del cual, yo, había sido excluido por la adusta mirada de mi padrino, que me enseñó cuál era mi lugar en la nueva familia.

Fue un día, no muy atrás. Recordé estremecido en mis sueños la frialdad de mi menguada casa, y en el centro de la ajada cama, el alargado rostro de mi padre, casi tan amarillo como la hundida almohada, desde donde sus ojos apagaron su brillo, sin dejar de mirarme, dejándome aquel legado de pena, de impotencia y de lástima. Entonces llegó todo lo demás, que fue una extraña vigilia de desgarrado dolor, de cementerio y de noche pasada en otra cama. Poco tiempo más tarde, mi madre marchó tras él. Pero a ella no me la dejaron ver, y nunca me contaron por qué, aunque sirvió para que dejase tras de mí la desvencijada humildad de aquel hogar.

También ese fue otro recuerdo indeleble, el del portazo de la miserable madera resonando inclemente en las vacías paredes, desde el cual y de la mano de mi padrino, alcancé el bienestar de su lujosa morada, sin soltar el asa de la astrosa maleta dónde enredadas en cuatro pispajos, viajaron mis raíces. Sin embargo, fue desde la primera función que me sentí desterrado del brillante escenario por el acerado brillo de los ojos de mi nuevo tutor, que me hizo conocer al momento lo que me había sido vedado.

De cualquier forma, en las mañanas, el umbral ya no era el mismo. La vida plena de aromas y color había desaparecido, engullida por los abiertos ventanales, desde donde toda la sala se impregnaba de un matinal frío, que sólo desaparecía cuando la muchacha de blanca cofia y “apuntillado” delantal terminaba la esmerada limpieza. Aún entonces, tras el estrepitoso ruido de las vidrieras al cerrarse, el salón permanecía mudo y crudo, en penumbra, aislado de todo, como si necesitara de aquella soledad para recuperar sus fuerzas para la sesión de tarde.

Una mañana, un día, a pesar del severo mandamiento, entré; fue como la lejana mordedura de la manzana bíblica. En un acto de absoluta temeridad, tras hacer un gran acopio de valor, consciente de mi desobediencia y tratando de dominar el temblor de piernas que me aquejaba, caminé despacio, cruzando bajo el viejo conocido, bajo el barnizado umbral.

Así, mis pies se hundieron en el espeso mullido de la muda alfombra, temiendo hollar los valiosos nudos de tan antigua artesanía, aunque, una vez superado el temor del pecado, recorrí toda la estancia con enorme lentitud, examinando cada figurita de porcelana, cada cenicero de plata y cada objeto de cristal. También posé mi mano sobre los vetustos lomos de la biblioteca, dejando resbalar bajo mi piel los relieves de sus dorados lemas. Y aún, en el colmo de la audacia, me senté en el diván, muy al borde, claro.

Allí, enmudecido, traté todavía de serenarme y dominar las palpitaciones del azogado pulso mientras percibía debajo de mí la esponjosa suavidad del cálido paño del asiento. Segundos más tarde, con mis ojos clavados en la enorme lámpara de cristal, paseé mis dedos por el pulido mármol de la mesita del café, sintiendo bajo la piel las delicadas tallas de su borde y me quedé allí quieto, recordando aquel otro rostro yerto de mi padrino, el que me dio cobijo de huérfano, donde los amarillentos párpados, herméticos, suavizaron la áspera dureza para siempre del temido cancerbero. Sin saber por qué, mi mano, inconsciente, acarició mi rizada mejilla, sintiendo las huellas del discurrir del tiempo en la poblada hirsutez.

Repentinamente, asustado quizás por la dolorosa imagen, quizás por mi atrevido pecado, me incorporé huyendo aterrorizado del Edén, imaginando que la espesa alfombra sujetaba mis pies enredándolos con su blanda astucia, tirando de mis zapatos para impedirme escapar de aquel santuario profanado por mi curiosidad.

Aunque, con un reproche musitado en mis labios, todavía siento un extraño cosquilleo en mis piernas cuando contemplo la sala desde el umbral.

—o—

Del libro de relatos “La seducción tribal”

Propiedad Intelectual:  ZA-32-02 y ZA-17-05

De Manolo Madrid

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