EL ULTIMO VIAJE by Javier Caballer Bello

Que lejos quedaba aquella primera excursión con los amigos de la universidad. Habían terminado la carrera en la Universidad de Valladolid y decidieron celebrarlo con una comida en un pueblo cercano. Eran un grupo de jóvenes bulliciosos, despreocupados, muchos más chicos que chicas, unos  serios y otros bullangueros; pero todos con la ilusión de enfrentarse a su andadura profesional.

Eran tiempos difíciles, principio de los sesenta; con la emigración, el salario del hambre, el pluriempleo; pero aún así, se las ingeniaron para acudir casi todos, unos en furgoneta, los más pudientes tomaron un taxi, alguno en bicicleta, otros en moto, y la mayoría acudió en autobús.

Lo pasaron tan bien que acordaron verse al año siguiente en el mismo lugar. Y así había sido, año tras año en una cita inquebrantable donde todos los amigos habían sacado los huecos necesarios de sus vidas para encontrarse en aquel pueblo de la Ribera del Duero para degustar las viandas de la tierra.

Al principio el restaurante era un chamizo en un cruce de caminos donde paraba el autobús de línea y unos pocos viajeros bajaban para reponer fuerzas o ir al servicio, una especie de letrina maloliente con una taza turca y una puerta que apenas cerraba. Alli tenían un menú, algunas raciones con los productos típicos y bocadillos variados. Lo regentaba un matrimonio, Juan y Petra, y les ayudaban sus hijos mayores.

A unos pocos metros se distinguía el portalón de una cueva donde la cooperativa del pueblo había montado una bodega aunque era más un almacén de vinos que trataban de venderlos a los pocos viajeros que por allí pasaban.

Así habían transcurrido los años, el paso del tiempo lo había cambiado todo, tanto a las personas como al lugar. La carretera estaba asfaltada, el chamizo se había convertido en un restaurante con una tienda donde se vendían los productos locales, también había una gasolinera y el almacén de vinos ya no era una solo la cueva.  Eran los años 70 y la industria del vino estaba cambiando, ahora se daba mucha importancia a las zonas de producción y un grupo de empresarios de toda España abogaba por la creación de un órgano que regulase la procedencia de los vinos. Se estaba gestando la “Denominación de Origen”. Se habían construido unas instalaciones fantásticas para el almacenamiento y elaboración de un vino sin parangón.

También habían cambiado los amigos. Se habían hecho mayores y habían prosperado más o menos en sus profesiones. Algunas mujeres  se exhibían con abrigos de pieles y joyas, los hombres con esa ropa informal que suelen llevar quien viste con traje y corbata los días de diario y todos formaban parte de esa clase media omnipresente que abarcaba  a la población española que había destacado con el milagro económico. Se estaba realizando el paso al cambio de régimen político y la joven democracia con las ayudas europeas se encargaría de hacer el resto.

Los primeros años iban todos pero poco a poco se fueron desmarcando algunos; había quien fallaba varias veces pero luego se reenganchaba. Posteriormente empezaron a ir con  sus parejas, novios, esposas o esposos, formando un grupo variopinto. Ya iban en sus coches, y era frecuente que  aprovecharan para pasar el fin de semana por la zona. Hablaban de los hijos, las vacaciones o de fulano o mengana que no habían podido acudir. Habían perdido la lozanía de la juventud y se acercaban a la tranquilidad de la madurez.

La jornada siempre empezaba igual, como en un ritual ancestral, primero la visita a la bodega adyacente, una especie de catedral del vino. Con todo el boato y parafernalia el encargado les mostraba los últimos caldos preparados para ser vendidos durante la temporada; unos tintos jóvenes un poco ásperos, o los crianzas mas asentados para terminar con la solera de los reservas. Todos atentos al principio a las explicaciones del somelier que siempre empezaban igual, las diversas clases de uva plantadas en la zona para obtener los mejores vinos, el merlot, tempranillo o cabernet-souvignon o la garnacha; luego venían los colores del vino, el menisco al trasluz, los aromas. Una vez realizada la visita de la bodega les llevaban a una zona preparada con  diversos aperitivos, en los que no podía faltar los crujientes torreznos, la cecina, el huevo rebozado, los exquisitos chorizos a la sidra, la morcilla de Burgos o las jetas de cerdo a la parrilla. Y empezaba la cata de los vinos, uno de los momentos cumbre de la jornada. Admiraban el sabor, la tonalidad, los aromas y un sinfín de cosas que les habían explicado poco tiempo antes.

Ya en el restaurante y desinhibidos por los efluvios del caldo alcohólico entraban de forma bulliciosa al comedor. Una gran mesa ocupaba casi toda la estancia, a veces eran veinte comensales otras habían llegado a cuarenta, alguna rara ocasión no habían pasado de los diez.

Y les estaba esperando el plato estrella, el asado de lechazo, un corderito lechal alimentado solo con la leche materna, sin destetar, de ahí viene su nombre; servido en una cazuela de barro para distribuir bien el calor y asado en un horno de leña, cocido en su propia grasa con el punto de sal y de agua para que no se secase.

Y luego los postres. Que lejos estaba aquella primera época en que solo había helado o fruta para terminar el festín. Ahora no podían faltar las diversas tartas y dulces de la zona, el ponche segoviano, las yemas de Santa Teresa o los hojaldres de Astorga y los mantecados de Portillo

El alma de la fiesta, quien se desvivía por organizar todo, contactar con los amigos, reservar mesa en el restaurante y visita en la bodega era Alfonso, un hombre alto, con muy buena presencia, algo delgado y un poco enjuto de cara, querido por todos que tocaba la guitarra y amenizaba con canciones populares, a veces subidas de tono, la sobremesa de la reunión.

Los años habían ido pasando como las hojas de un almanaque; muy atrás en el tiempo habían quedado las reuniones multitudinarias. La primera en faltar fue María, una embolia acabó con ella de repente, en la flor de la juventud. Más tarde el cáncer se llevó, primero, a Paco, y más tarde, a Lola y a Mayte. Pero el peor mazazo fue el accidente de coche que sufrieron a la vuelta las parejas formadas por Tere y Sevas con sus respectivos; en unos segundos dos familias destrozadas.

Las últimas reuniones eran de tres o cuatro parejas con algún otro viudo o separado que se resistían a rendirse. Alfonso lo seguía organizando; aunque ya no había el jolgorio de antes. Ya sin copas, sin cata previa y con más agua que vino, sobre todo para acompañar el cargamento de pastillas que, como una farmacia andante, llevaban todos para atender su precaria salud.

Juan, el dueño del restaurante, había fallecido hacía más de diez años y Petra estaba muy mayor en una residencia de ancianos en Valladolid, y ahora lo regentaba su hijo Juan, Juanito, como todos cariñosamente le llamaban, no en vano le conocían cuando apenas siendo un chaval barría entre las mesas del salón.

Los últimos años solo se reunían tres comensales, Alfonso seguía como siempre, alto y delgado, cargado de espaldas y apoyándose en un bastón desde aquella vez que tropezó y se cayó en la calle y se rompió la cadera, afortunadamente le operaron y quedó muy bien. “Mejor que antes; al ponerme la prótesis me han quitado la artrosis” decía muy ufano. Y el matrimonio formado por Claudio y su mujer, Curra; la pobre estaba muy mal, tenía Parkinson y se desplazaba en silla de ruedas.

Juan ya estaba jubilado y el negocio había pasado a su hijo que también se llamaba Juan, un emprendedor muy despierto que había transformado la carta. Ahora, además de los platos típicos castellanos, se podía degustar otros de alta cocina, no en vano ostentaba una “Estrella Michelin” al buen quehacer y excelente servicio que ofrecía. ¡ Que lejos estaba aquel primer día ¡

Alfonso llevaba ya dos o tres años que acudía solo, se había quedado viudo y de los últimos amigos de aquella época, a Claudio le había dado un infarto mientras dormía y había dejado este mundo de forma placentera; su mujer, Curra estaba en una residencia totalmente inválida y con la cabeza un poco perdida. De todo ese grupo de amigos solo queda él.

  • Don Alfonso, su mesa de siempre. Desde donde se ve el rio Duero. Muy ceremonioso le decía Juan a su cliente más antiguo. Le puedo aconsejar una ensalada templada de voletus y unas chuletillas de lechal tiernísimas. ¿Alguna noticia de doña Petra? Exprésele mi más profundo cariño.
  • Gracias Juanito, tráeme una copa de vino, del bueno, que no sea ese matarratas que sirves a los desconocidos. Decía Alfonso con una sonrisa mientras se colocaba la servilleta.
  • Que cosas tiene usted, don Alfonso. Le va a atender mi hija, que estudia hostelería y quiero que la conozca. Le contestaba con una sonrisa de franco cariño.

Alfonso degustó la ensalada de voletus y brotes tiernos con un aroma de trufa y verduras tibias de temporada. Luego con mucha parsimonia comió las chuletillas, con la mano, como a él le gustaba; como había hecho siempre. Mientras tanto recordaba aquellas jotas de su juventud

Salero, viva el salero. Viva la sal de mi novia…

Aquel tiempo que solo él recordaba. Aquellos años felices de camaradería. Toda su vida ya estaba pasada.

No necesitaba el dinero. No le importaba la política. Todo el tiempo lo pasaba esperando que llegase el día de la celebración. De saludar a Juanito, de oler los asados que le recordaban tiempos pasados, de ese viaje de apenas una hora hasta ese restaurante y bodega donde había pasado tan gratos momentos.

Dando vueltas al café cortado, después de probar un poco de su postre favorito, el ponche segoviano, se sentía feliz. Ya solo esperaba a esa dulce amiga que cada cierto tiempo iba visitando a todos sus amigos y que le hiciese el favor de reunirle con su mujer.

  • Papá, creo que don Alfonso se ha dormido.

Juanito se acercó a la mesa y vio a don Alfonso con los ojos entornados, la cabeza gacha y un brazo colgando. La taza de café se había derramado en el mantel.

  • Si hija. Pon un biombo para que nadie le moleste, dijo con ojos lagrimosos.

FIN

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