El reloj by Manolo Madrid

Accésit del VII Certamen Comarcal de Literatura, Arganda del Rey – Madrid

Del libro de relatos “La seducción tribal” Propiedad Intelectual:  ZA-32-02 y ZA-17-05

Apenas el silencio turbó su desvelo cuando dos inquietos ojos recorrieron nerviosos la negra espera repleta de ansiedad. Un nuevo crujido provocó otra vez el sutil atajo incierto y penoso.

Era, como cada noche, una larga senda de minutos, de voces de reloj que aviesas jugaban al escondite. Primero TIC, luego TAC, ora uno, otrora otro, los dos geniecillos avivaban con su chanza la insomne oscuridad repleta de incertidumbre.

En la pesada negrura su presencia era claramente perceptible. Su orondo y pomposo cuerpo de cobre y cristal, coronado de aquellas estruendosas campanillas, parecía hincharse de estúpido orgullo sobre la pesada cómoda de barnizado nogal. Su arrogancia lo llevaba durante el día a lucir denodadamente el rojizo reflejo del evanescente rayo de sol, que, al ocaso, llegaba hasta el blanco tapete de cenefas y pasamanería donde se agitaba inclemente el anciano artefacto.

Ahora en la noche, su apagado brillo encendía el sonoro ardor que latía sin cesar, llenándolo todo, inundando los entreabiertos cajones y los bajos de los muebles, pegándose untuoso y craso, repleto de tenaz malevolencia al alfombrado suelo, al gastado papel de las paredes, a las cretonas y a las talladas patas de los antiguos muebles.

Sin descanso, pertinaz, con obstinada insistencia, cantaba su monótono acento, TIC TAC, TIC TAC, y, de vez en vez, un escurrido CLA TA CA TA CLA, fruto, quizás, de su dilatada caminata sonora, y precursor, también quizás, de su próximo colapso, esperadamente definitivo.

Cuadro de texto:  Mientras tanto, sensuales y cargados de turbada zozobra, mis ojos, avispados noctámbulos, espiaban ávidos cualquier sombra, guiados por el alerta lazarillo del oído. Pero un siseo, un CRIC, o puede que algún otro chirrido, desviaron su enquistada atención hasta un repasado ángulo de la anchurosa alcoba para, decepcionados, volver a engarzarse como una lapa del truculento TIC TAC, TIC TAC, …

Luego, muy poco a poco, el piadoso sueño me apartaba de allí, olvidando atrás, en otro planeta, el imperceptible terror disfrazado de aire, aunque por bien poco tiempo. Pronto, demasiado pronto, el escandaloso y temido rechino, crepitaba con su estridente cobre, martilleando y repiqueteando tenaz e inclemente sobre cada objeto, sobre cada esquina y cada superficie, plana o curva, que tanto le daba su geometría, hasta que su estampido me arrastraba dolorosamente desde mi cálido y dulce mundo sin aristas.

Era entonces, al llegar el estallido, cuando sentía como un frío y profundo vórtice me engullía hacia el estrépito, mientras mi mano se levantaba implorando, sin conseguirlas, clemencia y misericordia. Sin embargo, mi resistencia se retorcía en la cama, arrebujándose en el tibio nido, escondiendo mi náusea bajo el embozo y gimiendo bajo el cruel látigo del mecánico y despótico reyezuelo. Al fin venía el helado baile de mis ateridos pies que, al burlesco compás, trasladaban mi temblorosa desnudez hasta la helada jofaina.

Más de mil y más de otras mil noches duró la injusta condena. Más adelante, otras alcobas me transportaron de nuevo a esos mundos de algodón de colores. Soñaba que me hacía un hombre y mi esfuerzo y mi trabajo, añadido al de otros muchos, levantaban palacios y puentes y otras hermosas realidades.

También más tarde, mis sueños se hicieron tristes y repletos de pesadillas. Vi otras manos frente a mí, personas que también temblaban y pedían clemencia. Caras manchadas de vida que se escapaba entre el fragor y el estruendo de la lucha entre hermanos, que ahogaba el llanto y la palabra de los poetas.

Y pasaron otras muchas noches más. Una, recuerdo el olor del azahar. La dulce fragancia envolvió la tersura de la piel de la joven esposa, y, aquel sueño, se llenó de suaves rumores e imperceptibles susurros. Soñé entonces que era bueno no estar solo, y, sin saber por qué, recordé el terror, el baúl de mi miedo, la caja de cedro con su picante olor a madera buena, a especias y a moho. El baúl con herrajes de latón, donde bajo la ropa de antaño, entre polillas y festones, guardaba mi miedo. Mi viejo y olvidado miedo; mi nocturno horror de sonidos, de pasos y sombras fugaces, de blasfemias y alientos de padre ebrio. Mis temblores de niño, de niño delgado y pálido, como enfermo … de miedo, claro. Continué recordando, e imaginé aquel rasgón sin matices, como un enorme pelusón que yacía adormeciéndose de vez en vez, latiendo despacio… despacito… muy despacio… Y en aquel pálpito se estremecía mi infancia entre sollozos y pesadillas de ogro y juguete roto.

A partir de entonces, al cerrar los ojos, lo veía envolviendo a aquel niño, el niño que se me enfermó dentro y que no pudieron salvarlo, ni el tren de cuerda ni el cañón de madera roja. Tampoco le aliviaron los cinco duros, aquellos de plata, grandes como un escudo, que mi padre me regalaba de mes en mes. Al niño le asfixió la precoz adolescencia que apareció una mañana sin avisar, taimada, como una escondida vergüenza para ocultar a la madre.

También murió la abuela y entre la escueta herencia apareció el arca. Era tal y como yo la había imaginado. Así que, cuando se fue la tristeza, una tarde de invierno, de esas que tienen sol, la alcoba se llenó de gasas, de sombreros y apolilladas ropas, que entre retóricos efluvios de naftalina y abolengos rancios, reflejaron la tibia luz en infinitos entramados de colores.

Del fondo aparecieron aquellos paquetes de descoloridas fotografías con irreconocibles rostros de color sepia. Y aún salió una ajada sombrilla, y un bastón de tallada empuñadura, y más y más cosas, y en una pequeña bolsa de lana, con sus cuentas enredadas en amarillentas oraciones de un descosido misal, un rosario de primera comunión que surcó mis mejillas de lágrimas. Y después, más al fondo, en una carcomida caja de cartón, sobre un lecho de papel tisú y servilleta doblada, apareció el reloj.

Callado y arrogante me observó con su aviesa mirada. Lo sostuve entre las manos que, sin poderlo evitar, temblaron, mientras el mortecino brillo exhibía su mudo deseo, como exigiendo las vitales vueltas de cuerda a su aletargada carraca. Allí estaban fijos sus brazos, quietos, muertos, crucificados y sonreí, advirtiendo que señalaban la madrugada. Quizá un descuido de la abuela o puede que su dilatada vida, le dejaran sin fuerza para dar la siguiente campanada.

Entonces, soñé mi sueño y pensé que lo perdonaba, mientras mi mano, inevitablemente, plena de vida propia, subía y bajaba golpeando, plomiza, el acumulado rencor sobre el bruñido auricalco del infantil y desmesurado odio.

Manolo Madrid

oOo

Un comentario sobre “El reloj by Manolo Madrid

  1. Muy bonita prosa. Yo tuve un reloj con esa descripción: «coronado de aquellas estruendosas campanillas»…
    El reloj al principio se nota implacable, pero todo pasa y el auricalco dejó su accionar para siempre, soportando la plomiza mano que selló su destino. Muchas gracias, Manolo!

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