ABISMOS

By Beatriz Osornio Morales

Cuando hizo planes para la función de hoy a las seis, Roger no sabía que el circo había partido dos días antes.

Hace precisamente dos días  compró dos galones de gasolina en la poza rica, “suficiente para empezar el fuego en el corazón de cualquier circo; el motociclista en la esfera sería el acto más espectacular”   En el trayecto, repasó los detalles en su mente, “en resumidas cuentas” se dijo; “es cuestión de empapar bien el colchón de aserrín  que evita que la bola se desequilibre en el acto”

El plan había sido magistralmente pensado, suponiendo que Roger conociera la secuencia precisa de la función, y suponiendo que fuera aserrín, pero se había basado en un viejo recuerdo de la infancia.

Los payasos siempre le dieron miedo, así que Roger decidió verlos desde su butaca y se hizo el sordo cuando pidieron un voluntario. –Roger- inquirió su mamá codeándolo en las costillas… el chico se retorció en el asiento. –Roger, insistió la mujer. –¡Que no mamá! respondió molesto el chico flaquillo de seis años que era, y entonces desde el fondo de su rostro pálido, le dirigió unos ojos de café caliente, la mujer no tuvo más remedio que quedarse callada, con  resignación pasó la mano  en el pelo lacio y oscuro de su hijo. El vendedor de algodones de azúcar se acercó a la señal de su mamá. -¿Quieres uno?  El  asintió con la cabeza.

Los payasos no le sacaron una sola risa, pero al menos ocupándose del algodón de azúcar se olvidó del miedo.

Lo que sí disfrutó fueron los actos de acrobacia. Las dos mujeres estuvieron realmente sorprendentes. Y el acróbata remató con un cierre intrincado, enlazado a los  dos cuerpos de las mujeres, que parecían irreales de tan perfectos, al final el nudo de los cuerpos se disolvió, lanzándose  los tres  por su cuenta,  girando en el aire tres veces sobre sí mismos, y cayendo armoniosamente uno tras de otro en la red. Lo raro es que Roger  no recuerda más detalles.

Después vinieron dos domadores, uno domaba un león y el otro un tigre, eso sí que lo recuerda bien. El tigre se veía viejo, tenía cicatrices que se confundían con las franjas oscuras alrededor de su piel. –Mamá, ¿Esos señores son malos verdad? ¿Porqué están golpeando a los animales? preguntó Roger visiblemente angustiado. –Mira el león, ya no tiene melena. –¡Roger! las bestias tampoco son buenas, los señores hacen su trabajo.  Con cara de perplejidad el niño siguió mirando, mientras sufría internamente el machete de los latigazos en el aire para que los animales obedecieran. Ese  sonido, junto con otros,  lo siguieron hasta su casa esa noche.

Al terminar los domadores se corrió una cortina al otro extremo de la carpa. Allí se encontraba una esfera de barras metálicas con un hombre adentro,  vestido en pieles de colores ajustadas al cuerpo,  y utilizando un casco con una abertura a la altura de los ojos,  los ojos no se distinguían, montaba ya la máquina,  sus botas eran negras. La música que inició ensordecedora, al unísono que la dirección de las luces  apuntaran hacia el centro,  fue bajando paulatinamente,  el cronista anunciaba con suspenso el acto más espectacular de la noche. El eco se expandió en el lugar repitiendo las palabras dichas por el micrófono. Roger , impresionado,  se arrimó al cuerpo de su mamá.

Luego de una pausa en la música, la moto inició con estruendosos arrancones, pronto, la música estaba fuerte otra vez y la moto se movía dentro de la bola gigante, a Roger le pareció ver chispas brotar de las ruedas. Observaba boquiabierto  cómo el hombre hacía rodar la motocicleta hacia arriba, abajo,  y de forma circular. Por un instante, de manera inexplicable, Roger experimento el silencio total…Entonces vio fuego, el hombre indistinto empujaba  la esfera de fuego hacia el público. Una ola de pánico se apoderó de la audiencia –Corran! se escucharon gritos de todas direcciones. –Vámonos mamá- inquirió Roger gritando y aferrándose a la mano. El hombre que estaba en el asiento de atrás también los  apuró a que corrieran.

La mujer al sentir que el niño  le apretujaba la mano. -¿Estás bien? preguntó sin voltear. –Roger, ¿Qué pasa cariño? dijo esta vez tratando de zafar la mano de la suya. Y volteando, lo miró fijamente. Roger pareció despertar de un sueño. –Naa..da ..nada mamá, aclaró mirando para todos lados. -¿Se encuentra bien? inquirió una mujer sentada en la fila de más arriba, a la altura de dónde estaba sentado Roger. –Sí, está bien, gracias, contesto la mamá un tanto intranquila por el evento.

En ese momento,  Roger se dio cuenta de que el acto había terminado. El hombre ahora montaba la moto fuera de la esfera, sin casco, y sonreía alrededor del ruedo de la carpa para agradecer los aplausos. La esfera quedó  intacta y sombría en el otro extremo. No había fuego.

Si mal no recuerda, para cerrar la noche salieron dos arlequines en sancos, pero como si ni hubiera sucedido porque para Roger el circo terminó con el motociclista. Esa es la primera vez que recuerda haber ido al circo, y  fue la última, de eso está seguro.

Cada vez que el circo llegaba a la ciudad, los amigos de Roger en la escuela y en el vecindario se emocionaban con ir a ver la función. Él se hacía a un lado por lo que le llamaban aguafiestas.

El viernes pasado cumplió 26 años. Sus colegas organizaron una fiesta sorpresa en la oficina.

Al entrar, se sorprendió de que todas las luces estuvieran apagadas. –Qué raro- pensó. Al presionar el switch  “Sorpresa” gritaron todos desde su escritorio. Desde el fondo del cuarto que funge de archivo seguro, vino un sonido de trompetillas, como las que tocan en los desfiles de días festivos, las trompetas se oyeron más cerca, luego allí estaban los dos payasos con su cara de idiotas, tocando las trompetillas ante el asombro de Roger… Su mente viajo en el tiempo. Se desplazó hasta aquella noche de circo.  Cuando de entre el grupo de programadores, alguien dijo que habían traído los payasos del circo que se presentaría el fin de semana, Roger supo lo que tenía que hacer. Salió de prisa sin decir una palabra.

Manejo por toda la Calzada  Madero,  al pasar por la poza rica, decidió llenar de gasolina la garrafa que cargaba en la cajuela del carro. Luego de que apeó la gasolina, encendió la  marcha decidido a terminar con un mal sueño.

Llegaría por la puerta trasera, cuando la cortina que separa el acto de los domadores con el del motociclista todavía se encuentra cerrada, la cortina que divide el presente con el futuro. Y aprovechando que el de los domadores, el acto de la tortura es el más largo de los actos (al menos en el recuerdo de Roger)  tendría tiempo suficiente para vaciar el líquido en la corteza desgajada y las ruedas de la moto. De lo demás se encargaría el motociclista.

De pronto su apasionamiento se cruzo con la duda. ¿No sería mejor dejarlo para la última función, el Domingo,  el cierre del circo, no sería esto mucho más espectacular?

“Nadie sospechará siquiera quien fue el ejecutor  del fuego” pensó hoy con orgullo, mientras esperaba en el semáforo a que se diera la luz  verde, y seguro de que había valido la pena esperar este momento. Dos luces de tráfico más…y entonces estaría viajando una vez más en el tiempo, esta vez hacia el pasado, el futuro y hacia sí mismo.

Al llegar al semáforo de walmart, donde tenía todas las esperanzas de ver la carpa del circo levantada, y en el viento ondear las banderitas de la compañía circense, sufrió la peor de las desilusiones sobre el futuro. No sólo no había carpa de circo en la explanada frente a Walmart, sino que en su lugar había un Mcdonals, y en  lugar de las banderas altas, dos arcos amarillos tan comerciales como las tiendas de importaciones chinas, sintió vergüenza de no saber que ese establecimiento ha estado allí desde mucho antes del viernes. Entonces todo el orgullo de su plan se fue por los suelos, se reprochó todos estos años de ignorancia ¿Cuánto tiempo hacía que el circo no llegaba a esta explanada?  “Soy un imbécil” “El tiempo es un imbécil” se repetía al recargar la cabeza contra el volante, y dudoso de la realidad,  ahora desconfiaba hasta de que este hubiese sido el lugar donde vino al circo veinte años atrás.

Roger comprendió que vivir con el tiempo entre la vida, no funciona. La vida avanza, la urbanización avanza, la economía avanza, la tecnología avanza, y no regresan más que en la memoria. Sintió que había vivido preso dentro del tiempo, del recuerdo y de sí mismo.  Al levantar la cabeza, imaginó que todos sus recuerdos del circo eran absurdos, imaginó el uso de la tecnología moderna en las funciones, y no pudo más que sonreír al preguntarse de cuántos serían los actos del espectáculo circense que no eran ni un escupitajo de lo que solían ser en su infancia, y seguro  no sería aserrín… la cama de la esfera y el motociclista,  entonces sintió alivio de que en ese momento no hubiera carpa frente a la explanada de Walmart.

Beatriz Osornio Morales.

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