El muerto sin documentos

By Sebastián Felgueras

Jacinto Rocca se hartó de vivir. Ochenta y ocho años, jubilado, con una pensión que apenas le daba para un vinito en el bar de la esquina una vez al mes. Y no es todo, Jacinto era un hombre dominado por su mujer Gloria. Y decir dominado es quedarse corto en la descripción, Jacinto era casi sodomizado por su mujer. Sesenta y nueve años de casados. Que lo tiró, que hay héroes en este mundo.

– Y si te querés morir, morite Jacinto, pero no hagas enchastre que la casa está limpia. Me quiero morir dice, ¡y morite!, que tanto dar vueltas, carajo.

Ya ni ganas de ver fútbol tenía Jacinto. Apenas caía el sol, cenaba el churrasco con lechuga que Gloria le preparaba sin esmero alguno, y a la cama. Los días que su mujer estaba más arisca que lo habitual, en lugar de lechuga preparaba radicheta con vinagre, para que se sienta bien amarga, como la vida del pobre Jacinto, que a la luz de la cotidianidad de sus días parecía tener el cielo ganado, como quién dice. Pero, a veces la cosa se complica, sobre todo si se estás flojo de papeles.

– Diga, ¿qué necesita?

– Y no sé. Usted debería saber jefe; se ve que me he muerto y aquí estoy, en la puerta del cielo.

– ¿Los papeles?

– ¿Qué papeles?

– Y el pasaporte, la carta de recomendación y los certificados correspondientes.

– ¿El qué?

– Oiga, no me tome el pelo, si no tiene los papeles haga el favor de no molestar, estoy con mucho trabajo.

– ¿Pero qué papeles? Le digo que me morí y no sé, aparecí aquí, no es que yo vine por voluntad. Estaba con ganas de morirme, pero no sé cómo fue.

– Sin papeles no se entra. ¡Ey, ángel, venga!, haga el favor de llevarlo de nuevo a la vida.

– Por aquí señor, acompáñeme por favor…

– Pero no puedo volver, ya me morí. Estarán todos en el velatorio, ¿qué voy a hacer, levantarme del cajón así como si nada? Aparte no sé de qué papeles me habla el de la puerta, nunca me dijeron nada…

– ¿Como murió?

– Me fui a dormir, y no sé, aparecí aquí. Como escuchó recién, yo deseaba morirme y se ve que se me dio.

– ¡Ah!, muerte súbita mientras dormía. No se preocupe, aún no pasaron dos horas, nadie se dio cuenta. Volverá a su cuerpo, como si nada. Suerte, amigo.

Y así fue como Jacinto murió un rato, pero volvió a la vida, pues no tenía los papeles para morirse y entrar al cielo.

– ¡Por fin te despertaste Jacinto! Dos veces intenté despertarte, pues no sé qué pasa que no hay agua, parecías muerto, ni roncabas. Fijate a ver si es la bomba esa de porquería, o qué carajo que no hay agua ¡Movete Jacinto, mirá la hora que es!

Cambio del fusible quemado y la bomba devolvió el agua al tanque; otro día de rutina, churrasquito y a la cama.

– Diga, ¿en qué puedo ayudarlo?

– No sé. Se ve que me he muerto de nuevo, y aquí estoy, en la puerta del…se corre que me tapa el letrero…ahí veo, gracias…en la puerta del ¡infierno! Carajo, que suerte la mía, pensé merecía un mejor destino.

– ¿Los papeles?

– ¡Otro con los papeles! ¡No tengo papeles!, nunca supe que había que tramitar papeles para morirse; ni un pasaporte, ni la recomendación, ni nada de eso. Solo quiero morirme y ¡tener un lugar para estar muerto!

– Mire, poniéndose nervioso y tratándome mal no va a conseguir nada.  O tiene los papeles o al infierno no entra, esto no es la placita del barrio que viene a jugar con la hamaca y el tobogán ¡Ey, Lucy, vení por favor! Llevalo de vuelta a la vida, no tiene los papeles y está molestando.

– Por aquí hermano, acompáñeme por favor…

– ¡Hermano la pindonga! ¡A los hermanos no se les niega la entrada!

– Tranquilícese, no logra nada así, le hará mal.

Segunda muerte frustrada. Jacinto no podía creer lo que vivía, o lo que moría.

– ¡Otra vez el señorito durmiendo hasta cualquier hora! ¡Podés despabilarte Jacinto!, tenés que ir  al mercado, es jueves, mirá la hora que es y no tengo nada para hacer el caldo. ¡Movete Jacinto!, ¿qué estás muerto?

“¿Qué hay del asado jugoso y del puchero de marucha?” canta José Larralde. Y Jacinto había encontrado la respuesta, Gloria lo había cambiado por un caldo desabrido y un churrasco tipo suela. Y así pasaba el día, y otra vez a la catrera.

– ¡Deténgase, ahí, a un lado!

– ¿Qué ocurre oficial?

– Su documentación y la del vehículo, por favor.

– ¿De qué habla? Estoy aquí, no sé, en esta especie de limbo, creo que estoy muerto y no veo ningún vehículo.

– ¡Ajá! Escúcheme, o me facilita su documentación personal, y la del vehículo, o me acompaña a la comisaría ¡Canejo!, se cree que cualquiera puede andar circulando en una nube por donde se le antoja, ¡así como si nada!

– Pero es que yo no decidí andar en ninguna nube, ni circular por el cielo, o nada parecido, me morí, y aparecí acá.

– Su nube queda retenida. Suba a la mía, deberá acompañarme.

Y sí, si uno infringe la ley, es probable que se meta en problemas.

– ¿Nombre?

– Jacinto.

– ¿El apellido? ¿O acaso es famoso?

– Rocca.

– ¿Nacionalidad estando en vida?

– Argentino.

– Otro más.

– ¿Como dijo?

– Nada, nada. Escuche, explíqueme las razones por las cuales no tiene su pasaporte, hoja de ruta, los certificados correspondientes y carta de recomendación para entrar en su destino final.

– No lo sé, yo solo me morí, y como ya le dije al del cielo, y al del infierno, desconozco que documentación se necesita.

– Ajá, de acuerdo, en estas condiciones no puede circular, o sea que deberá volver a la vida.

– Pero oficial, ahora sí que pasó un tiempo, es seguro que ya me deben estar velando. No puedo regresar y aparecer así como si nada en la casa fúnebre, imagine el susto de quienes me están llorando.

– Veamos en las cámaras…

– ¿Ese es mi velatorio?

– Así es. No tendrá problemas, no hay nadie más que una señora, que si no estoy errado es su esposa Gloria.

– ¿Es posible escuchar el audio, oficial?

– “… ¡Ay! … ¡Qué vida de mierda! … ¿Por qué te moriste, Jacinto? … ¿Cómo pudiste dejarme sola? … ¡Ay, si sabías que no puedo vivir sin vos! … ¡Mi Jacinto!, fuiste el único hombre de mi vida… Ya sé que no acepté todas tus fantasías sexuales, ¡pero me daba miedo!; cuando me decías hagamos perrito, ¡dale, perrito, vos mové la colita y yo te doy el huesito!, siempre me lo decías, pero yo imaginaba que tu huesito me podía lastimar el paladar. Me pedías 69, pero nunca entendiste que yo para el segundo ya me sentía cansada… ¿Por qué me dejaste sola Jacinto? … ¿¡Por qué!? … Aquella vez que te pusiste mi ropa interior y…”

– ¡Listo oficial, corte, corte ya! …esa mujer está loca.

– Bue, menos mal que es su mujer. Firme aquí por favor, es el acta de contravención por circular sin la documentación mortuoria obligatoria. Y acto seguido… ¡Cabo, venga!, proceda a acompañar a este hombre nuevamente a la vida…

Y así fue como, una vez más, Jacinto regresó a la vida, para seguir acompañando a Gloria, su mujer, que tanto lo necesitaba.

– Gloria…

– ¡Ay carajo! ¿Me querés matar de un susto, Jacinto? Te tengo dicho que no te me aparezcas así, sabés que sufro de susto.

– He regresado Gloria. Te escuché decir que he sido tu único hombre. Yo siempre pensé que antes de mí habías tenido una vida llena de hombres, sexo, jarana, y que la negativa a hacer la del perrito se debía a que …

– ¡Mirá la hora que es Jacinto, y vos hablando pavadas! Salí del cajón ese y movete que va a cerrar el mercado, ¡ya no queda ni para un caldo!¡Movete Jacinto, parecés muerto!

Sebastián Felgueras

-LaCalleDelFondo-

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