Dos noches en el Tocororo

By Natalia Doñate

“¿A mí qué? ¿A mí qué?

Decía Juana tripita, la negra más rutinera

A mí qué? ¿ A mí qué?,

yo soy tripita en la Habana, mi negro a mí lo que  sea”

Arrancaba el show y la joven Aimé enamoraba al público con una dulce voz. Sus dieciocho años recién cumplidos protestaban ante el vestido salsero clásico del restaurante, pero lo llevaban con gracia. A su lado, Juan, más experimentado, acompañaba el tema con maracas, mientras aguardaba su turno de cantar “Pedro Navaja”. Otros cuatro talentos cubanos, todos recién llegados, completaban la banda con sus lustrosos instrumentos. Fueron los primeros de muchos que vendrían.

Todo era nuevo. Manteles rojos y azules asomaban por debajo de los clásicos blancos: los colores de la bandera cubana. Velas, flores, copas de cristal y generosas paneras adornaban las mesas. No faltaban el sol ni la playa, que se colaban en la noche a través de un espectacular vitraux que cubría la pared de arriba abajo y parte del techo. En él, un simpático tocororo se robaba las miradas y las cámaras y daba cuenta del nombre del lugar.

La pista de baile era pequeña, pero quien baila salsa poco entiende de espacios personales, menos aún con el paso de las horas y de las bandejas de mojitos. Después de cada tanda los artistas se transformaban en mozos y los bailarines, en comensales. Al terminar la noche, todos eran camaradas. Entre ropa vieja, moros y cristianos y masitas de puerco se crearon y se rompieron relaciones de todo tipo. Era la época del furor de la salsa en la Argentina y los transeúntes sin reserva pegaban las narices a la ventana, impotentes de perderse semejante fiesta. “Disculpen, no hay lugar“.

Ésa era una velada típica en el Tocororo, pero hubo una noche diferente que, gracias a las que le siguieron, hoy puedo recordar con cariñosa nostalgia. La noche de la inauguración.

Fui invitada por el dueño y su familia y asistí ataviada en mi mejor vestido. Compartimos una pequeña mesa, y ante manteles en los que jamás se había derramado un vaso de vino, vimos desfilar una degustación de platos exquisitos que tragamos sin disfrutar, ocupados en mirar con disimulo la hora y el pavor reflejado en el rostro de los empleados, que sin mesas que atender, permanecían parados uno al lado del otro en fila.

Esa noche los micrófonos permanecieron apagados. Evitamos cruzar miradas y terminamos hipnotizados ante la llama del velón de la mesa, que se consumió ante nuestros ojos sin que ningún cliente atravesara la puerta.

Blog: lacasadelasarenas.com

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