El sueño de las hormigas by Alfonso Cebrián

Como cada mañana, una bocanada de sol y un estruendo de pájaros la recibió cuando salió del portal. Sin perder el aire, eran tan extrañas las nuevas sensaciones, caminó hacia la boca del metro.

Cuando sonó el despertador, Alfredo emitió un gruñido, se dio la vuelta y siguió durmiendo. Lucía se levantó sin hacer ruido, preparó el desayuno, tomó una ducha y se vistió y compuso leve y sutil como una mariposa. Se perfiló los ojos y los labios, acabó de vestirse, cogió la mochila y salió de puntillas. Cerró la puerta con suavidad y bajó por la escalera.

Una vez en el trabajo, en el vestuario, se desvistió y depositó la ropa en una bolsa de plástico, sacó de la mochila una bolsa de basura donde llevaba el uniforme y se lo puso. Bolsas y mochila las dejó en la taquilla. En los lavabos, se lavó las manos con una solución desinfectante, se las secó con papel que tomó de un gran rollo, se puso unos guantes de látex y una mascarilla. La encargada le dijo que se pusiera en la Caja 3.

A las nueve en punto abrieron las puertas y entraron los primeros clientes, de uno en uno, contados por un guardia jurado. Entraban, en su mayoría, recelosos y con prisas. No habían pasado demasiados minutos cuando ya hubo quien tomó posiciones en las cajas.

Un cliente habitual, algo mayor, que solía elegir su caja, vaya usted a saber por qué, depositó sobre la cinta una cantidad inusual de botellas de vino. Lucía las pasó y el hombre, con mirada pícara, le dijo: Creo que mata el bicho, y si no… Ahí se quedó a la busca de la complicidad de la muchacha, que le devolvió su mejor sonrisa, velada por la mascarilla.

Había días. El que nos referimos tocaban pan, aceite, chocolate y artículos de limpieza, salvo el hombre del vino y una señora que dijo con cierta gracia: Para hacer bizcochos, al pasar una botella de anís. Se lo contaré a Alfredo, pensó.

Acabó la jornada e hizo el camino de vuelta, que es lo mismo que deshacer el camino de la mañana, según el decir literario, y se recreó en el paseo del metro hasta su casa: parecía que todo lo habían dispuesto para una próxima inauguración, pero Lucía, con su mirar poético pensó en los comienzos y en la película de Amenábar.

Subió por la escalera y abrió la puerta. Hola, amor, dijo con desenfado. No obtuvo respuesta. Se encerró en la habitación de descompresión —así la llamaban—, metió la ropa en una bolsa grande de basura y, desnuda, se fue a la ducha. Salió limpia y fresca, se puso ropas limpias y vio la cama sin hacer. Pasó por la cocina y los servicios de desayuno estaban sin fregar; uno de ellos sobre la mesa. Estará en el estudio, se dijo. Abrió la puerta y allí estaba Alfredo, en pijama, sin afeitar y ensimismado frente a la pantalla del ordenador. Iba a preguntarle si había arrancado por fin, pero la pregunta se le quedó en la punta de la lengua. Alfredo dio un respingo y hundió la pantalla de la red social. En el monitor quedó desnudo y ostentoso el título de lo que alguna vez, acaso, tendría texto y forma: ‘El sueño de las hormigas’.

Alfonso Cebrián

Publicado en mi blog, cuentos inacabados, el 8 de abril de 2020

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