FLORIFAGIA

by Ana Laura Piera Amat

La primera vez fue poco después de nuestra luna de miel. Ya estábamos instalados en la que sería nuestra casa y una noche sorprendí a mi mujer mientras estaba pasando el último bocado de un plato de rosas del color de la sangre. Mi extrañeza creció ante su exagerada reacción al verse descubierta. Se enojó muchísimo y me gritó de todo, hizo énfasis en que ella tenía derecho a su privacidad. Me quedé de una pieza. Mientras hablaba, un pedacito de pétalo mal masticado se asomó por su boca y su lengua se apresuró a borrar la rojísima evidencia en un rápido movimiento. Sus gritos acabaron por correrme de la cocina. Tuve la sensación de haber presenciado un gran misterio sin alcanzar a comprenderlo. Ella estuvo seria conmigo el resto del día y por la noche no respondió a mis caricias, me estaba castigando por algo que no comprendía y quedé más intrigado que nunca.

En otra ocasión, nuevamente fui mudo testigo de cómo ella devoraba un plato enorme de amarillos crisantemos. Parecía que devoraba el sol en pedacitos. ¡Qué placer sentía al comerlos! Gemía, se estremecía y se lamía los dedos uno por uno perdida en un extraño éxtasis. Me costó mucho trabajo no delatarme, pero tuve éxito y ella no se dio cuenta de mi presencia. Esa noche, mientras hacíamos el amor, me perdí en un mar de olores y sabores imposibles producidos por la unión de crisantemos y cuerpo de mujer. Estuvimos unidos durante horas interminables, hasta que aquellos magníficos olores y sabores se desvanecieron por completo, era comosi cada orgasmo los consumiera de a poco hasta no quedar más que el recuerdo. Y mientras ella se deslizaba en un sueño profundo, yo la imaginaba devorando flores. ¿Y si comiera azahares o lilas? ¿Qué tal orquídeas o camelias? ¿Jacintos o margaritas?. Anhelaba probarlos todos a través de su piel.

Acicateado por la curiosidad que causaban en mí sus extraños hábitos, hurgué en su pasado: descubrí que tanto su madre como su abuela se habían alimentado de flores y no solo eso, habían hecho de ello un ritual alrededor del cual giraban sus vidas. Mientras más me asomaba a ese extraño mundo, menos lo comprendía, a excepción de los momentos íntimos con mi esposa,pues ahí, por breves instantes durante el sexo, me convertía como ella en un devorador de flores, un picaflor descarado mientras ella se estremecía una y otra vez.

No pude evitarlo, el primer mordisco me sorprendió a mí tanto como a ella. De su piel brotó un néctar floral irresistible, a su vez ella también me mordió y masticó mi carne con deleite. Nosfuimos comiendo suavemente y con la gradual ausencia de piel se iban asomando al mundo enormes y coloridos pétalos, también tallos y hojas del verde más intenso. Conforme iban saliendo de nuestros cuerpos incompletos, ambas flores se enredaban una en la otra apretadamente, pronto no se distinguió ni principio ni fin de ninguna. Florecimos toda la noche y al día siguiente, ya marchitos, aún seguíamos juntos en un abrazo sin fin.

Autor: Ana Laura Piera Amat / blog pildoras para soñar –blog de cuentos y otras cosas (wordpress.com)

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