UN ADIOS by Antonio Toribios

imagen sacada de Pinterest

Va para veintiún años, pero me gusta recordarle en estas fechas. Valga como homenaje a los padres del mundo.

Cuando yo era niño jugábamos a la guerra. Mi padre derribaba un taburete, a modo de improvisado parapeto, sobre el suelo de tablas de la galería y me disparaba con una imaginaria metralleta. Yo le respondía con una retahíla de «bang-bang» y de «paña-paña», aprendidos en  las historietas de Hazañas bélicas y  practicados en las batallas imaginarias que se sucedían sin cesar por las calles del barrio.

Era de noche y una triste bombilla hacía de luna llena, o tal vez de traicionera bengala enemiga, mientras yo disparaba mis pistolas de perseguir indios salvajes por las intrincadas selvas de debajo de las camas.

Puede que mi padre hubiera venido de Bilbao hacía unas horas, sudoroso y sediento, con su cesta de ferroviario llena de presentes de rey mago. Es muy posible, dada la frecuencia en que iba y venía, con pequeños descansos de uno o dos días entre viaje y viaje.

Mi padre había estado en la guerra. En la de verdad. No fue, le llevaron, que era hombre de paz. Estuvo los tres años, y todo por ser de la quinta del 36. A mí lo de los tres años me tenía impresionado. Para mí la guerra era un disparar y disparar continuamente. No concebía que se pudiera comer, dormir y mucho menos irse de permiso durante todo el tiempo que durara. Y claro, cuando llevaba cinco minutos disparando mi colt de mentiras y me dolía ya el índice, no podía ni imaginarme lo que sería estar así durante el número inmenso de minutos que caben en tres años.

En tanto tiempo  –pensaba yo– debe de matarse a un montón de gente. Pero, cuando se lo pregunté un día, mi padre me explicó que había servido en artillería y que allí disparaban sólo cuando sus jefes lo ordenaban y no veían si daban o no a alguien, porque los cañones alargaban mucho. Eso me desilusionó un tanto, porque como todos los niños deseaba un padre aguerrido que, como los jichos del cine, llevase la cuenta de sus víctimas en las muescas de la culata del revolver.

Estaba claro que lo de mi padre no era la guerra. De hecho solía referirse a ella como «la mili», así como queriendo quitarse importancia. Quizás fuese que, huérfano desde muy joven, tuvo que pelear más para traer a casa un saco de garbanzos en tiempos de paz que para desalojar de las trincheras a unos enemigos que, dicho sea de paso, nunca le parecieron tan perversos como querían hacerle creer los que mandaban.

Mi padre nunca pensó llegar al 2000. Seguro que ni se lo imaginaba en el momento en que posaba con gorro cuartelero, pistola al cinto, aire marcial y una enigmática mirada perdida en Dios sabe qué horizontes, para esta foto de estudio sepia que tengo frente a mí.

Ayer recorrí los lugares donde vivió de niño. Visité la iglesona de Santoyo, que nunca había tenido ocasión de ver por dentro. Contemplé las escenas del monumental retablo buscando las huellas de su mirada infantil. Elevé mi vista hacia las palmeras de piedra de la bóveda. Sentí el mismo vértigo que él aún recordaba haber sentido al borde de las esclusas del Canal de Castilla. Estuve también en Frómista y en Támara. Por unas horas, en un día de calor sofocante, me fundí con el paisaje de mieses aún verdes. Imaginé el trabajo agobiante de los segadores, la soledad del pastor por las parameras. Comprendí la esperanza de mi abuelo de emprender una vida mejor a la vera del camino de hierro. Dejé que mi mente vagara por un mar de recuerdos, de historias contadas y mil veces imaginadas.

Terminó la tarde. Mi padre ya no está. Se ha ido un hombre bueno.

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