El loro by Carlos Moya

Y aquél solterón que del pueblo que va de vacaciones a Cuba, lo cual anuncia con medio año de anticipación, para disfrutar durante más tiempo de la envidia vecinal.

Así entre palmada y palmada, de esas de pueblo, de las que son dadas con contundencia. Cargadas de mala leche vamos, que si no te dejan un cardenal, de la mancha morada no te libra ni el señor obispo.

En esas estaban, cuando el dueño del bar, cuyo nombre ocultaremos, le desliza trescientos euros en la mano y le dice al oído ¡Tráeme un loro! -¿Eh?

-¡Qué me traigas un loro para el bar! Pero que no hable que ya le enseño a decir los insultos de aquí.

Llegado a la tierra esa de mulata provisión, se gasta hasta el dinero que no lleva. Y cuando retorna: – Madre de dios, ¡El LORO! ¿Y ahora que hago?

Oye, que se va a una tienda y compra una lechuza, tal cuál le pinta las alas y con jaula y todo, se planta en el bar. Por si las moscas desaparece una temporada, pero como no pasa nada, pues un buen día pasa por el bar y pregunta: ¿Oye y el loro que tal?

– Se conoce que aún padece jet lag de ese, se pasa el día adormilado sin decir ni pio, parece que no coge el truco al acento ¡Pero en cuanto anochece espabila y se fija en todo lo que se escucha!

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