Cartas desde América, 13: H. P. Lovecraft

Acompáñeme

Un señor con la cabeza llena de tentáculos y dos ojos como albercas negras se presentó delante de la puerta de H. P. Lovecraft. Solo a él podía resultarle una visión familiar, así que le invitó a pasar, como preludiando la invitación adicional de tomar algo, digamos un té. El señor lo negó con la cabeza y dijo:

 –Acompáñeme.

H. P. Lovecraft, que tan solo se molestó levemente –muy levemente– por el hecho de que el tentaculado devastara su rutina de tarde, se puso su chaqueta y lo siguió. El hombre de los tentáculos iba emitiendo una musiquilla parecida al zumbido de una abeja. Pero un zumbido melódico. Lovecraft intentaba acompasarlo con sus pasos, sin éxito. Se le ocurrió decir:

–Oiga, ¿por qué no nos desplazamos en el automóvil? Tengo un Ford T esperando indefectiblemente en la puerta a que sucedan estas ocasiones.

El señor de los tentáculos interrumpió su zumbar y le respondió seco:

–No. Mi superior me ha dicho que es necesario saber cómo respira usted.

H. P. se mostró intrigado –quizá era la primera vez en ese año que se intrigaba por algo– y no dudó en apuntar:

–Pues me encuentro bien. Nada me altera. Me va bien, definitivamente.

Herr Tentáculos asintió sin saber lo que hacía y añadió con una voz más grave, casi violenta, envuelta como en un armónico de densa desesperanza: No se trata de un tropo. Queremos saber cómo es, fisiológicamente hablando, su respiración.

Después de esto transcurrieron callados por un camino orinegro que terminaba casi en la noche. Fue lo ininterrumpido y casi cotidiano del caminar –la rutina otra vez– lo que perturbó más a Lovecraft, que aprovechó la rapidez de la marcha del tentaculado, por delante de él, para despistarse detrás de una loma. Cualquiera sabe lo que le podía esperar después de horas y horas andando. Qué horror.

Howard Phillips Lovecraft (1890-1937) es el autor de una literatura donde lo más cotidiano es que la tierra se abra o que alguien ande con más piernas de lo normal, como retrata la troquelación de arriba. De vida e inteligencia oscurísimas (lo de menos es su pretendido conservadurismo, que ni él se creía), supo iluminarse e iluminarnos con su imaginación fosfórica, que poquísimas veces defrauda.

The Call of Cthulhu, The Colour Out of Space, The Dunwich Horror o The Shadow Out of Time merecen ser citadas como ejemplos de todo lo que una narrativa fantástica debe ser. Un noventa y cinco por ciento de los argumentos de ciencia ficción que pululan aquí y allá tienen raíz en una historia de Lovecraft. Curiosamente, y casi más que por su creación de mundos que aparentemente no están en este, uno alucina con un estilo (es de los autores que han ser leídos en inglés, y a ser posible con un buen diccionario a mano) que es una más de sus fantásticas criaturas.

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