Cartas desde América, 11: Shirley Jackson by Félix Molina

Shirley, ¿dónde estás?

Era como en aquellos paisajes, despoblados, donde de chico tenía que colocar uno calcomanías para infundirles color y vida. Ingresabas por un extremo del pueblo para encontrarte con avenidas de tierra y calles silenciosas, bañadas por un sol extremo. Solo el polvo en suspensión (eso que no tiene calcomanía posible) vagando por el aire, amortiguando la luz. Nadie en las casas. Nadie en las calles. Shirley, ¿dónde estás?

Sigo andorreando por el pueblo, más bien como si escarbara en la madriguera de un roedor, y me encuentro, como pegadas aquí y allá por una mano gigante y extraña, las papeletas. Desvaídas y mohosas. Todas detenidas en su parcelita de tierra amarilla, sin el culpable punto negro que arrojaba a la muerte –peor: a una tormenta de piedras que llevaba a la muerte– a quien se quedara, tras el sorteo anual, con la papeleta manchada. Son blancas, menos mal, pensé mientras el calor casi que no me dejaba avanzar por la pesadilla. Grupos de niños con piedras en los bolsillos, tatuados sobre la lengua amarilla del suelo, junto a los soportales de las casas de madera. Mañana de lotería, de remover las papeletas donde está el ser o el no ser del mañana de mañana mismo. De acabar esta misma tarde disuelto en la nada.

Y las piedras. Hay grupos de ellas –de todos los tamaños–  que la mano que todo lo calca ha dispuesto junto a los geranios, a la salida de las bocas de riego, en el centro de las plazoletas vacías, junto a la iglesia y junto a los sacos de la tienda de ultramarinos. Están en todas partes.

Yo sigo avanzando porque la pista de un sueño es solo la suma infinita de los pasos del que sueña. Solo las gotas gruesas del sudor son como un pegamento a lo real, a la certeza. Casi que no me doy cuenta y tropiezo –ahí está– con la caja, negra pero desteñida, parecería que un pulso incierto ha apretado mal el bolígrafo sobre la cartulina del paisaje y algunos contornos suyos no se han calcado bien. Pero es la caja negra. No hay duda: lo es.

A la vuelta de la esquina, junto al volumen gris y mortecino de la última casa del pueblo, abierto al sol y a su zumo triste sobre todo, están la cruz y el descampado. Allí también la montaña de piedras, con el orden que les ha impuesto la ira sin nombre. O con los nombres de todos. Me doy prisa y retiro las primeras capas de piedra. Se encuentra ahí el aliento disparado, la vida que no se fue y retorna tras cada golpe del corazón. Hundida y macilenta, está ahí, entre las paredes deshechas de piedras y el suelo caliente: las gafas rotas, la sangre barnizándolo todo, la vista perdida que no reconoce a la mano salvadora pero la toma. Alguien la calcó casi a la perfección, destrozada y final en este páramo, pero ahora, después de años de lectura (pueblos tan vacíos y alejados como este, mansiones yertas, pasados que atormentan), la ayudo a salir de allí y casi que me lo agradece, mientras se apresura a soltar la papeleta maldita, con el punto negro tintado a la perfección en su centro.

Despierto, y apenas puedo pronunciar ¿Estás bien, Shirley?

Shirley Jackson (1916-1965) es la poseedora (vaya cosa, como a quien le tocara otra oscura lotería) de un talento desenfrenado, en donde desembocan casonas con todas las almas –como la televisiva La maldición de Hill House (1959)– o el pasado hecho lonchas de un miedo diáfano y cotidianísimo, como en Siempre hemos vivido en el castillo (1962). Pero mi debilidad (nunca mejor dicho) es el relato atroz (y excelente) en el que modelo la pesadilla de lector de arriba: La lotería.

The Lottery (La lotería, 1948) es un relato talentoso y valiente (se escribe y publica en el preludio de la “caza de brujas” estadounidense) donde el ambiente estival y festival de la población implicada no cede ni un metro a la tensión con la cual la autora se las arregla para describir lo que nunca nombra. Simplemente: la desazón, unida a lo confuso, dará paso al horror, vivido como algo posible, al menos no descartable en cualquier contexto de violencia humana. The Lottery, sí, es la fantasía que desearíamos tan solo un cuento, pero también los judíos que se sorteaban el caramelo de Polansky en la multitudinaria y calurosa escena de El pianista, pero también los seres humanos escogidos por un destino infame como supervivientes de un mínimo pesquero, pero también el hombre sepultado en un maletero que no puede resistir sesenta grados… El verano y su tortura se repiten, cual la añeja morcilla de Ángel González , y jamás difuminan la culpa, que acaso no sea sino otra forma de la ignorancia o el desdén por lo ajeno.

Hay ya novelas gráficas, cortos y hasta películas sobre La lotería, pero me quedo y os ofrezco esta que circula libremente de Larry Yust para la Enciclopedia Británica (1969), esa que tanto amaba Borges. Si después de verla seguís siendo los mismos, llamad a alguien. No importa a quien, a quien tengáis más cerca…

2 comentarios sobre “Cartas desde América, 11: Shirley Jackson by Félix Molina

  1. […] Félix Molina nos lleva a EEUU para conocer a Shirley Jakson : “Era como en aquellos paisajes, despoblados, donde de chico tenía que colocar uno calcomanías para infundirles color y vida. Ingresabas por un extremo del pueblo para encontrarte con avenidas de tierra y calles silenciosas, bañadas por un sol extremo. Solo el polvo en suspensión (eso que no tiene calcomanía posible) vagando por el aire, amortiguando la luz. Nadie en las casas. Nadie en las calles. Shirley, ¿dónde estás?” Leer […]

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