Cartas desde América, 8: Walt Whitman by Félix Molina

Walt Whitman, el mendigo perfecto

El otro día me traje a mi casa a un viejete que se me parecía mucho a Walt, al viejo Walt, al de

Yes here comes my mistress the soul.

Me lo encontré en la parada de metro Avenida de Lexington-Calle 59. Lo de menos era el virus, hacía un frío de tumba ultracongelada y yo venía además hasta arriba de mezclar negronis con destornilladores. Así que se unió todo. Y el parecido, enorme.

Me atreví hasta a sentarlo en el asiento del copiloto, tal era mi tajada. El hombre se quejaba de los servicios sociales y de un casero estúpido y atroz, pero todo muy tenuemente, como si masticara mariposas. No le pude sacar ni una mala palabra de América ni del sistema, así que seguí adelante con lo de que su jeta de Whitman fuera también el alma del poeta, his mistress.

En casa le serví restos bastante abundantes del cochinillo inabarcable del sábado y limonada. Entre instrucciones prácticas (hago algunas llamadas a amigos y ya le digo) me las arreglaba para hablarle del Trascendentalismo, del verso libre o de la cláusula Wilmot. Pero el pobre hombre, medianamente estupefacto, solo me pedía mantas y café. Tenía dentro todo el frío del mundo. No hace falta deciros que yo pensé en ‘A una locomotora en invierno’:

 With storm and buffeting gusts of wind and falling snow… 

Cuando el martini y el vodka empezaron a hacer de las suyas en mi cabeza, le preparé una cama bastante decente en una de las alas del piso (mi casa es bastante grande, y más desde que se fue mi mujer) y el viejo empezó a dormirse como un bendito, a la luz de la chimenea artificial (sí, claro: Every moment of light and dark is a miracle. Cómo no. Así, recordando además exactamente cómo lo citaba mi mujer en nuestro noviazgo de filólogos, intenté quedarme dormido). 

Como mi mujer tuvo la idea genial de que todos los destinos de la casa pasen por la cocina, la resaca tremenda me empujó hacia el agua en medio de la noche. Y allí, justo en el centro de todo, estaba la improvisada habitación del amigo. Sobresaltado por verlo despierto, agazapado el tío frente a la falsísima chimenea, con las manos hacia delante, me refugié detrás de una cómoda fea y absurda (pero qué útil en ese momento) y desde allí lo espié. 

Y era todo un espectáculo –los ojos como luceros proyectados sobre el fuego de mentira y los labios grasosos, brillantes como la cola de un cometa– verlo recitando: 

The soul,

Forever and forever—longer than soil is brown and solid—longer
                         than water ebbs and flows.

I will make the poems of materials, for I think they are to be the
                        most spiritual poems,

And I will make the poems of my body and of mortality,

                     For I think I shall then supply myself with the poems of my soul
                      and of immortality… (1)

(1) Alma,

Siempre más cierta y más fluyente

             que el suelo y el agua.

Haré mis versos de la materia misma,

             pues no hay poemas más etéreos.

Haré todos mis versos de mi cuerpo y mi muerte,

Pues con ellos me iré llenando de los poemas de mi alma,

              de lo inmortal…

Nota 1:

La traducción es mía, y casi escolar. (Félix Molina) 

Nota de hierba: 
Walt Whitman (1819-1892), que no tuvo descendencia humana (al menos reconocida), es el padre confirmado y celebrado de toda esa poesía que lees ahora, desde T.S. Eliot y Lorca hasta, digamos, Leonard Cohen y Leopoldo María Panero. Su obra –escrita casi toda en un verso que hoy denominamos libre, y de la que están tomados los que se citan– se recoge en el monumento poético llamado Hojas de hierba, una de esas grandes constelaciones de poemas al estilo de los Cantos de Pound o La realidad y el deseo de Cernuda. Tiene más ediciones que un periódico, y es que, en cierto modo, Hojas de hierba es una suerte de periódico poético al que los acontecimientos (antiesclavismo, guerra, expansiones territoriales y otros avatares americanos) van inyectando savia, esto de la savia nunca mejor dicho, porque a mí me gusta pensar en esta obra como en un gran árbol, un baobab inmenso quizá.
Murió (para la Tierra) el 26 de marzo de 1892 en Camden, New Jersey, de neumonía, justo como 918 personas han muerto allí hoy mismo.
 
 

8 comentarios sobre “Cartas desde América, 8: Walt Whitman by Félix Molina

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