Revolucionarios by Jorge Aldegunde

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Arreciaba la lluvia y aquel viento inclemente. Intentó calarse el sombrero, buscar protección e intimidad bajo el aparatoso paraguas. Se sentía pesado después del almuerzo y pensó que le haría bien caminar por las callejuelas de un anegado París. La primavera pronto daría esplendor a los jardines y cedería al espectáculo de los árboles en flor. Empero, Pierre Curie caminaba absorto; su envidiable intelecto remedaba enfrascado en no pocos pensamientos que anhelaba poner en orden. De una parte, las infinitas posibilidades de la radiactividad aplicada; contaban al fin con medios y reconocimiento –gracias a un Nobel otorgado con sordina, al que él no hubiera dudado en renunciar–. Recordaba las incontables horas de esfuerzo y concentración en lóbregos y mal dotados laboratorios. Noches iluminadas por conspicuos tubos de ensayo aislando radio y polonio. Manos hábiles, inasequibles al desaliento y a las dolorosas costras y llagas que, conscientemente, habían resuelto ignorar.

De otra quedaba el mundo académico: deseaba innovar, revolucionar la enseñanza; abrir las puertas de la ciencia al mundo. Faltaban horas en el día para incorporar mentes inquietas y brillantes a la causa científica. Así la había conocido a ella: antes Manya, ahora Marie. Pálida y delgada –frágil solo en apariencia–, con su enmarañado pelo rubio y su mirada atenta y triste. Nunca antes había visto tanto talento, pasión y entusiasmo. Su dedicación y determinación lo atrajeron más allá de todo magnetismo. Sonrió para sus adentros mientras rememoraba el tiempo en que aquella mujer, de apellido impronunciable, se sentaba a la primera fila de sus clases. Cuánto llegó a admirarla cuando, con timidez, le hablaba de su durísima disciplina de estudiante, colgada de voluminosos libros mientras pasaba hambre y frío. Cómo llegó a desearla cuando ella volvió a su Polonia natal, con la promesa de volverse a encontrar. Enseguida alumbró la certeza de que la seguiría por encima de toda razón, como la luz de una brillante estrella en una noche oscura.

Una ráfaga lo sacó, por un breve instante, de su ensimismamiento. Oteó a su alrededor –con cuidado de evitar miradas que lo reconocieran–. Lejanos ya los días en los que Marie y él caían extenuados tras largas horas sin comer ni dormir, la fama de ambos había devenido en frecuentes visitas –invasiones, pensaba él– de periodistas patrios y corresponsales internacionales. Le exasperaba la vida social: eran muchas las invitaciones a fiestas, demasiado el esfuerzo dedicado a naderías; bombo y oropel que no conseguía más que distraerlos y quitarles el bien tan escaso, y que tanto apreciaba.

Apretó el paso por una calle oscura del barrio latino. A lo lejos, un minúsculo claro azul profundo, entre jirones de densas nubes, le recordó el día de su boda con Marie; un radiante día de junio a las afueras de la ciudad. De ese color era su vestido –en realidad, no tenía otro–. Desde allí habían emprendido un maravilloso viaje en bicicleta, sin más aditivo que una brújula y unas viejas mochilas en las que acarrear sus escasas pertenencias. Recorrieron durante varios meses el norte del país, bebiendo de su compañía durante largos días de verano, alimentando sueños y solazándose en bellísimos paisajes.

Enfiló por rue Dauphine, a lo lejos quedaba el Pont Neuf, en el borde occidental de la Île de la Cité. Por la calle transitaban carruajes de varios tamaños y propósitos. Consultó su reloj de bolsillo: quedaban diez minutos para las tres; apenas hacía veinte que se había despedido de los ilustres profesores. Con todo, no quería que se hiciera más tarde y aprovechó el paso de un carro tirado por caballos para cruzar. Se dio cuenta, solo un par de segundos tarde, que había olvidado comprobar la cercanía del transporte que le seguía. El paraguas atenuaba ligeramente el golpeteo de los cascos de los cuadrúpedos y el constante golpeteo de las ruedas con el empedrado. Sorprendido por la presencia del científico, el cochero tiró de las riendas. Sin margen para cambiar de dirección, una de las bestias –la más próxima a Curie– se encabritó y relinchó con sonoridad. Pierre soltó el paraguas y se asió al arnés, comenzando a desplazarse en la dirección del vehículo. No por mucho tiempo: el resbaladizo empedrado y las cabriolas del animal hicieron que perdiera el equilibrio y diese con sus huesos en el suelo. Primero lo azotó un intenso dolor en el brazo derecho, que soportó su peso al caer, seguido de un latigazo en la espalda, que le hizo cerrar momentáneamente los ojos. Notó que su bombín se desprendía, y que la terca lluvia mojaba su cara. Aún disfrutó de un breve instante, antes de que las pesadas ruedas apagaran por siempre su genio.

Fue un simple fogonazo, en el que por fin entendió. Tal vez no vería crecer a sus jóvenes y prometedoras hijas Irene y Eva. Ni escucharía a Marie retomar su Cátedra exactamente donde él la había dejado. No la acompañaría en su segundo Nobel en 1911, ni viajaría al frente a bordo de las pequeñas curie para extraer balas y metralla de los soldados heridos en las trincheras de la cruel guerra. Tampoco la cuidaría en sus últimos días de ceguera y enfermedad, genio y figura encerrado en un cuerpo que no daba más de sí.

La suerte le deparó un último segundo de lucidez. Entonces lo supo. Tal vez, en eso consistía la verdadera revolución. En tener el valor de buscar hasta encontrarse, reconocerse y caminar juntos, contra viento y marea. Forjando un destino común y resistiendo, incólumes, hasta el último día de lluvia.

FIN

A la memoria de Manya Sklodowska.

#hombresyalgunasmujeres

9 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Espectacular!!!! me ha puesto el vello de punta….gracias!!!!!

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    1. jaldegundep dice:

      ¡Muchas gracias, Ana! Abrazo grande para ti.

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  2. Muy bueno, buenísimo. Un abrazo grande

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    1. jaldegundep dice:

      Gracias, Felicitas. Me alegra de que te haya gustado. Espero que estéis bien, hay que aguantar estos tiempos pandémicos. Todavía nos queda… ¡Fuerte abrazo!

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    1. jaldegundep dice:

      ¡Gracias, Juan! Agradecido de que me publiques, como siempre. ¡Cuídate!

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      1. Un placer publicarte Jorge un gran abrazo juan

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  3. Me ha encantado, grandes hombres y mujeres…

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