Cartas desde América, 5: Raymond Carver by Félix Molina

félix nos trae de nuevo el corazón de Ámerica… dice al final: “Nunca acabo de leer y releer cuentos como los que menciona el mudancero, pero la sorpresa es que, entre la inmundicia de sus líneas, con sardinas de varios días apiladas como versos, cada vez distingo más rasgos de una humanidad sorprendida en paños menores: el ciego de Catedral me descubre a su prepotente interlocutor, al que no quiere verlo”.

Raymond Carver se muda

Pssssss. Yo soy el mudancero de Raymond Carver y sé por eso que se está mudando. Pero no digáis nada. Cincuenta dólares por los muebles y unos trescientos por las montañas de libros. Lee de todo, pero sobre todo rusos. No voy a denunciarlo. Después de todo el hombre anda atrapado en sus historias de gente triste, de final incierto. He leído sus libros. Los lleva en un cajón trunco y he aprovechado que no nos dio un plazo para la mudanza –cómo iba a ser de otra forma– para echarme al bolsillo ¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor? (que es un libro de cuentos, no una reprimenda) o De qué hablamos cuando hablamos de amor (que es otro). A ver: nada del otro mundo (nada que no me pase a mí en mi casa) pero mucha tristeza. Los devuelvo con el ánimo hundido. Más de una vez he soñado en despeñarme con el camión.

Yo he intentado alguna que otra vez hablarlo con él. Con Carver. Pero no encuentro el modo ni el momento, o las dos cosas. Una vez lo vi apostado en la trasera, entre las puertas abiertas y las ruedas, como mirándolas, a ver si estaban pinchadas, mientras se acababa un cigarrillo. Entonces quise colocarle algo sobre Earl o Doreen (ahora que estamos a una manzana de una cafetería parecida) o sobre el médico que no es médico, ese Arnold que coge el teléfono que no es y ya es otro. Pero con qué ánimo explicarle que he hecho de su mudanza una librería de préstamos (yo los devuelvo, tenedlo por seguro, y con puntualidad) o que no estoy de acuerdo con que todo sea desgraciado, o cojo, o ciego en el mundo.

Hablando de ciegos, he visto al que sale en Catedral. Es un hombre del barrio, que yo me cruzo cada dos o tres mudanzas (trabajamos mucho por aquí). Alguna vez lo he visto atravesar la calle. Más viejo, mucho mayor que en el cuento. Y alegre. Inspira además alegría. Y yo que pienso que eso es lo que quería Carver, que supiéramos de esa alegría suya. No sé.

Pero cómo decirle. Hoy ya le presento la factura por mis servicios. Viene apocado como casi siempre, detrás de su cigarrillo, debajo del arco de sus cejas muy negras. Me habla como disculpándose (y yo que lo imagino con el verso nuestro futuro yace en lo más profundo de la tarde en medio de la frente, también me alcanzó a leerme su poesía), parece hasta querer retrasar el pago, como si me hubiera excedido en el tiempo, o hubiera libros rotos –los muebles no parecen importarle–. Es entonces cuando aprovecho, cruzo mis ojos con los suyos, detengo la huida de su mirada. Y le digo de una vez:

–¿Por qué?

Nota trunca sobre Raymond Carver:

Carver (1938-1988), a pesar de toda la poesía que le cruzaba por la frente, fue un escritor, o más bien un reescritor de cuentos estadounidense. Bolaño lo comparó a Chéjov, quizá, más que nada, por la excelencia de ambos y por esa adhesión inequívoca al cuento: también el ruso se sintió cómodo con esta forma desde que en su juventud empezara a producirlos como churros para las revistas estudiantiles.

Con el tiempo, y dado el capricho habitual de la crítica por apandillar a sus autores de culto, la tendencia o corriente de Carver acabó confundida (en el sentido de dispersa) en el río revuelto del realismo sucio (dirty realism), en un saco que alcanza desde el huidizo Salinger hasta David Foster Wallace, si llega el caso (y en España a autores como Ray Loriga, por ejemplo), sin que se sepa a ciencia cierta el cómputo exacto de pescadores que han rendido ganancia de tal clasificación.

Nunca acabo de leer y releer cuentos como los que menciona el mudancero, pero la sorpresa es que, entre la inmundicia de sus líneas, con sardinas de varios días apiladas como versos, cada vez distingo más rasgos de una humanidad sorprendida en paños menores: el ciego de Catedral me descubre a su prepotente interlocutor, al que no quiere verlo.

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