LOS PASILLOS DEL DOLOR -02 by Conchi Ruiz

Ver cap 1 en este link de Masticadores

Diego abrió los ojos y se estiró con deleite en la cama, era domingo, no tenía que ir al museo porque los festivos estaban cerrados, así que esperaría hasta el día siguiente para anotar en él los cansados pasos del tiempo con las manos expertas del restaurador.

Se asomó a la ventana de su reducido pero agradable saloncito, la calle solitaria y estrecha, tanto que sólo los ciclistas y las motos la podían recorrer, los taxis esperaban en las esquinas donde terminaban las edificaciones. Un vaso de leche y unas galletas fueron suficientes hasta la hora de almorzar en cualquier sitio. Oyó ruido de coches al otro lado en la terracita y al asomarse un movimiento de coches inusual y el furgón fúnebre que salía del aparcamiento. Tres coches le seguían. Después, el silencio. “Hoy daré una vuelta para conocer qué es esta construcción”, dio la vuelta a la esquina del feo y desagradable edificio y caminó hasta donde suponía que se encontraba la entrada al mismo ya que se veían cuatro o cinco escalones de piedra y una puerta cerrada de maderas recias. Subió los escalones y buscó algo que le indicara que se podía llamar, pero sólo vio un cuadradito situado más allá de su cabeza y que apenas destacaba en la fea pared. Miró hacia arriba a ver si algo le indicaba qué era aquello y sobre su cabeza sólo vio una inscripción, no muy clara, por cierto, con la palabra Hospital ¿un hospital?, era lo que menos se pensaba que iba a encontrar y su curiosidad aumentó. Puso el dedo en aquel cuadradito y lo apretó. Esperó y cuando ya daba la vuelta para marcharse, se abrió la puerta.

  • ¿Qué desea, viene de visita? lo siento, pero no es la hora todavía.
  • Verá, soy el restaurador del museo y vivo junto al edificio y desearía conocer si necesitarían mis servicios en algún momento para ofrecerme a realizar cualquier trabajo.
  • Mire, yo soy simplemente el conserje que atiende a las personas que vienen a visitar a sus familiares ¿Tiene usted algún familiar aquí?
  • ¡No, no! pero me gustaría conocer las instalaciones, si no le importa.

            Aquel hombre se quedó indeciso, posiblemente por mi osadía, abrió la puerta un poco más y le hizo un gesto con la mano para que pasara. Junto a la pared un banco también de piedra le fue ofrecido con un gesto de la mano.

  • Espere aquí, ¿su nombre?
  • Diego Robles.

            Sin más palabras y con un lento caminar como si su propio cuerpo se resistiera a ello, desapareció de mi vista.

            Tardaba y Diego iba sintiendo algo extraño en el estómago, miró la puerta y pensó en marcharse, pero algo inexplicable le mantenía quieto. Casi quince minutos después se abrió la puerta y en voz baja le dijo “pase”.

            Allí, en pie, un hombre de edad indefinida, con barba y pelo blanco, la estructura de su cuerpo indicaba que había sido un hombre fornido. Se miraron y sintió algo extraño ante aquella mirada quieta y gris, inexpresiva, dura.

  •  ¿Qué desea? Parece ser que siente curiosidad por nuestra institución, ya sé que es restaurador, pero siento decirle que éste no es el lugar apropiado para restaurar nada, porque nada de lo que aquí existe tiene restauración alguna. Sé que no está entendiendo lo que le digo, pero voy a atender su curiosidad, ya que creo que es lo que le ha traído aquí. Le enseñaré alguna de nuestras obras.

            Diego quedó algo sorprendido y con un escueto “gracias” apenas audible, apartó su mirada de aquella otra inquisitiva y fría. Subieron por unas amplias escaleras con la antigüedad marcada en cada uno de sus peldaños y un pasamanos cuyo color había sucumbido a través del tiempo. Un largo pasillo se abría ante ellos y a los lados puertas cerradas, cada una con un número y nada más. Delante de cada una de ellas se encontraban unos hombres fornidos sentados en sillas de roble, con los brazos cruzados, como vigilando el espacio, supuso.

  • ¿Todos son enfermos? Preguntó.
  • Sí, todos y también los de los dos pisos más arriba, pero allí no le llevaré, aunque me lo pida.

            De repente, de alguna de esas puertas salió como un aullido estremecedor, uno de los hombres de las sillas entró en la habitación llevando algo en la mano que no pudo vislumbrar. La puerta se cerró y aumentaron los aullidos. En ese momento, de otras puertas salieron lamentos y palabras ininteligibles que gritaban nombres o cosas que no llegaba a entender. Aquellos hombres fueron entrando y Diego sintió que su cabeza le daba vueltas y las piernas le flaqueaban, casi pensó en bajar las escaleras corriendo, pero se mantuvo quieto. De repente, el silencio. Aquellos hombres volvieron a sus sillas y los ojos de aquella persona que me acompañaba del que ni siquiera supe su nombre o cargo, mi miró fijamente y con un gesto de su mano, señaló la escalera

  • ¿Desea seguir aquí, o prefiere marcharse?
  • No, no, gracias, es suficiente, pero una sola pregunta ¿por qué ponen Hospital y no especifican que es un manicomio o psiquiátrico? Porque lo es, ¿verdad?
  • Le ruego no me haga más preguntas, pero si le diré que es privado y no voy a contestar a ninguna otra cuestión.

            Ya en la calle, aspiró con ansiedad el frescor del aire para intentar respirar con normalidad y recuperar una fuerza que había perdido ante tan extraña y terrible situación. Investigaría, no podía quedarse con tantas dudas y preguntas en la cabeza.

            En cuanto llegó al apartamento, indagó entre sus libros antiguos, donde encontró algunas descripciones de los antiguos manicomios, posteriormente denominados hospitales psiquiátricos. En uno de ellos aparecía lo siguiente:       

            «El primer manicomio del mundo se abrió en Valencia en el año 1409. El aislamiento, la pobreza y la masificación han sido las características de estos centros hasta bien entrado el siglo XX. Desde la antigüedad, las personas con algún problema mental convivían con el resto de la sociedad. La relación con los demás dependía del lugar o la cultura, y se movía entre el rechazo y la consideración. En la mayor parte de los casos, desde la prehistoria, habían sido vistos como chamanes o personas elegidas por la divinidad, y se veía en ellos una especie de conexión con el mundo del más allá»

            A principios del siglo XV, un fraile mercedario, Juan Gilabert Jofré, abrió un hospital para dar cabida a las personas con problemas mentales y, de esa forma, evitar su contacto con el resto de los ciudadanos. Nació así, el primer Hospital de Inocentes, nombre con el que se empezaron a conocer estas casas de reclusión en sus inicios, creadas bajo el auspicio de órdenes religiosas cristianas. Según diversos documentos, a principios de ese siglo este hospital tuvo un área de confinamiento en la que se organizaban visitas turísticas para que la población, mediante el pago de una entrada, pudiese ver a las personas allí ingresadas, la mayoría encadenadas, como si de un zoológico se tratara, siendo aquello más una diversión pública que un centro psiquiátrico con concepto humanitario, como ocurrió con Valencia.

            El tratamiento de la enfermedad, que se observaba casi siempre en personas que vivían en la extrema pobreza y muchas veces como consecuencia de ésta, consistía en mantener ocupados con tareas cotidianas a los afectados. Si mostraban un comportamiento rebelde, se les azotaba, se les encadenaba o se les metía en jaulas. Algunos de estos métodos se mantuvieron en España prácticamente hasta el siglo XX, en parte debido a la superstición que atribuía a la enfermedad mental cierto componente diabólico. Hubo intentos de cambiar algo las cosas, pero la masificación de los manicomios y la falta de recursos económicos para los centros, hicieron que las calamidades de las personas internadas en estos hospitales pervivieran cuando, en el resto de Europa, se les aplicaban tratamientos o cuidados menos agresivos.

            En general, se tendía a separar a los hombres de las mujeres y, entre ellos, se aislaba a quienes presentaban un carácter más fuerte, segregándolos de los que se mostraban sumisos. A estos últimos se les podía permitir salir del manicomio para pedir limosna o para hacer de bufones. Las personas que atendían a estos enfermos no estaban, ni mucho menos, cualificadas para ello. En el siglo XVIII, eran las autoridades municipales las que debían emitir la orden de ingreso en un manicomio, y lo hacían no por razones médicas sino de seguridad ciudadana.

            En el siglo XIX se crearon los hospitales específicos para locos con la intención de otorgarles un tratamiento médico, sin violencia y buscando sosegarlos. No obstante, seguían existiendo las celdas de aislamiento para los de un carácter más indomable. Ya en esos momentos se empezó a distinguir entre distintos tipos de locos, para impedir que los de unos grupos y los de otros mantuvieran contacto entre sí. También en el siglo XIX nacieron los primeros manicomios privados, pero ni siquiera así se pudo evitar el desbordamiento.

            En el primer cuarto del siglo XX se empezó a fomentar una enfermería de tipo mental, hasta que en 1926 se creó la primera escuela de Psiquiatría para el estudio y tratamiento de las enfermedades mentales. Los hospitales psiquiátricos, sobre todo en las ciudades, permitían a los enfermos más leves entrar y salir de los centros en los que eran tratados. Sin embargo, a partir de los años treinta, toda reforma emprendida chocaba siempre con la eterna falta de presupuesto, lo que condenaba al fracaso cualquier política que pretendiera mejorar drásticamente la situación de estos enfermos. Todavía en esos años se utilizaba el electroshock, la lobotomía o la insulina como métodos para tratar a los pacientes.

            En 1950 se empezó a utilizar el primer medicamento antipsicótico, y en 1970 se creó la especialidad de Ayudante Técnico Sanitario Psiquiátrico.     El cambio más radical y definitivo llegaría a mediados de los años ochenta, cuando el ministerio de Sanidad llevó a cabo la plena integración de la salud mental dentro de la asistencia sanitaria general, acabando con cerca de 600 años de dolor y sufrimiento para las personas con alguna enfermedad psiquiátrica. Los hospitales públicos dispondrían de plantas dedicadas a psiquiatría, aunque los avances en la medicina y, sobre todo, la importancia de la labor familiar en el entorno de estos enfermos hizo que el problema de los antiguos manicomios haya desaparecido.

            […]

            Diego quedó traumatizado preguntándose cómo era posible que en pleno siglo XXI pudieran existir sitios así y pensó en tomar una decisión: dejaría el barrio donde residía y se iría a Salamanca, a su bello y tranquilo pueblo de La Alberca. O se quedaba restaurando el cuadro del inglés o abandonaba aquel tétrico pueblo donde su trabajo sobre esa cacería inglesa a la que jamás lograría darle vida. Optó por la primera, volver a su pueblo.

Conchi Ruiz Mínguez

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