Podemos ser felices todavía by Susana Táboas

De fondo sonaba en la radio esa canción, era uno de esos programas nostálgicos, con la música de aquellas tardes alrededor de la mesa camilla, cuando los inviernos parecían más inviernos y los veranos menos veranos. Ese bolero, de repente, la llevaba en un instante a sus once años… “Si nos dejan, nos vamos a querer toda la vida…” Girando en el salón, en ese baile durante el cual se paraba el tiempo, su padre la llevaba en volandas, abrazada, envuelta en sus brazos y sin tocar el suelo con los pies; en esos minutos no había nada más: sólo estaban él y ella. “Si nos dejan, nos vamos a vivir a un mundo nuevo…” Desde el sillón, su madre los miraba, con un destello en los ojos que ella nunca quiso identificar: ahora se daba cuenta de que era bastante seguro que estuviera un poco celosa, aunque su madre nunca lo reconocería.

“Yo creo podemos ver el nuevo amanecer de un nuevo día…” Siendo una adolescente, años más tarde, tuvo que ver el amanecer de aquel día, un día nuevo pero anquilosado desde entonces en su memoria, porque fue aquel martes cuando su padre se marchó, y lo hizo para siempre, aunque la distancia física no fuera comparable a la lejanía que ella, desde entonces, sintió por dentro. Y el salón de baile se quedó vacío, su madre tampoco estaba allí, y ya no hubo más boleros ni más valses… “yo pienso que tú y yo podemos ser felices todavía…”

Ese calor abrigador que sentía por dentro, esa sensación de tener el corazón entre algodones, desapareció y dio paso al hielo con el que había aprendido a protegerse, esa frialdad con la que se enfrentaba a cualquier relación que pudiera suponerle un sufrimiento que, esta vez, ella sí podía evitar, aunque la gélida coraza le supusiera no entregarse como ella le gustaría. Pero ya estaba cansada de controlar tanto la situación, era algo agotador que ya no la tranquilizaba como en otro tiempo. Además, por primera vez en muchos años, sintió un deseo enorme de descolgar el teléfono para llamar a su padre… “si nos dejan, buscamos un rincón cerca del cielo…” Porque, por primera vez en muchos años, se dio cuenta de que quería volver a sentirse como aquella niña que bailaba, volando, calentita y arropada por los brazos de su padre; quería volver a sentir que era indestructible, que nada podría pasarle, porque era su padre quien la llevaba en el baile.

Susana Táboas Baylín.

Editado por J. Re. Crivello, Melba Gómez y Antonio Caro.

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