#Diario de Buenos Aires by Fabiana Laffitte

Invasión de intimidad. By Fabiana Laffitte

Rosario habita en mi edificio, tres pisos por encima de mí. Hace justo una semana, ante el avance del Covid-19, ha decidido proseguir la cuarentena junto a su padre; por lo que previo a marcharse, me dejó las llaves de su departamento para que cada dos o tres días subiera a regar las plantas y echar una mirada que le asegure que todo funciona bien.

Dejé pasar los días. Nos tenemos confianza pero no somos íntimas, por lo que ingresar a su casa en su ausencia me generaba incomodidad. Para tranquilizar mi conciencia, que advertía sobre el cuidado de la intimidad, establecí que iría con cautela, sin mirar nada ajeno al servicio encomendado, entrar, regar, salir.

Resuelta la objeción moral y el tema de las cerraduras, que me llevó varios intentos tras calzar las llaves al revés, no sé si producto de sentirme intrusa o de mi estupidez, entré. Fui derecho a la cocina, cargué con agua la jarra que me dejó indicada y caminé rápido directo al balcón, al encuentro de sus plantas, deseando que mi demora no las hubiera afectado.

Quedé maravillada con los helechos que se alzaban orgullosos en cada uno de los rincones, un arbustito topiario muy coqueto con su copa en un círculo perfecto, unas cuantas suculentas en pequeñas macetas de colores vibrantes y geranios, ávidos de libertad, escapando más allá de las rejas, tendiendo al vacío sus brazos floridos.

Rauda salí del balcón, apegada al plan, crucé el living, los detalles de una manta de lana tejida artesanalmente sobre un sillón de espaldas altas y almohadones envejecidos, formateados por el cuerpo, una libreta, varias hojas impresas junto a una revista me hablaban de ella, de sus hábitos, y volví a sentir esa sensación de invasión de morada que tanto me pesó al aceptar la tarea.

Respiré profundo y me encaminé hacia la salida pero vi un centelleo en el corredor, como si hubiera alguna lucecita en la sala contigua. Despacio me acerqué y no detecté nada por lo que supuse que tal vez, el llavero que sostenía en mis manos, con forma de corona cubierta de strass que me entregó Rosario, generó algún reflejo. En esas cavilaciones estaba cuando divisé una biblioteca del piso al techo de casi tres metros de ancho.

¿Cómo resistirme a ir a husmear allí? Libros. Me cuesta no sucumbir ante ellos. Incluso si el tiempo me corriera, estuviera llegando tarde a una cita, perdiera el último metro o cerraran las urnas en día de elecciones, si viera una librería me detendría sin titubear. Aunque solo sea por un instante debo parar, mirar, tomar apuntes mentales de las obras expuestas con las que seguro planearía algún convite. Pero acá no hay escaparates, estos libros son otra cosa.

Lo que se nos brinda aquí es por lejos otro asunto porque las bibliotecas personales nos ofrecen gran parte de la cartografía de nuestro cuerpo y alma. Estos libros hablan de nuestro origen y derrotero, del territorio que hemos conquistado y de hacia dónde orientamos nuestras naves, de nuestros trabajos y dolores, así como de nuestros ideales y anhelos.

Esa selección única delimita un espacio tan personal e íntimo que consigue exponernos como pocos artefactos lo logran. Libros, maestros, amigos que nos prestan su voz mientras aprendemos a escuchar la nuestra. Sherpas de lejanas tierras que nos guían mientras escrituramos nuestro terruño. Ideas, frases, escenas de vidas ajenas que se van configurando para que seamos los originales autores de la propia.

Allí están, con su siempre intacta hospitalidad, como haces de luz delineando la constelación de nuestra existencia. ¿Provendría de alguno de ellos esa lucecita que me trajo hasta aquí? Quiero indagar sobre este tema. Algo me sujeta. ¡Ay! No debo invadir el reino de Rosario, pero ¿cómo haré para evitar la incursión?

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